Episodio depresivo mayor, abuso de sustancias, fobias específicas y el sinfín de nomenclaturas que aparecen en los manuales de diagnóstico sobre las dolencias psíquicas. De acuerdo al primer Estudio Argentino de Epidemiología en Salud Mental, 1 de cada 3 argentinxs mayores de 18 años vivenciará alguno de estos cuadros.

Las afecciones psíquicas están a la orden del día y en contextos recesivos todo termina repercutiendo en la mente. Argentina por ejemplo es uno de los paises con mayor tasa de suicidios de la región, según la Organización Mundial de la Salud.

Si a esto se suma las condiciones de flexibilización laboral y un mercado que no parece estabilizarse, es difícil que lxs argentinxs no sufran las consecuencias que pueden traer aparejadas el estrés: desde insomnio y ansiedad hasta problemas cardiovasculares, por nombrar algunos.


El ‘clona’ de cada día

Pero no importa, es preciso trabajar porque el trabajo dignifica, dice un patrón en una canción de Los Espíritus. Hay que trabajar, pero para hacerlo es preciso sobrellevarlo: las pastillas mágicas entran en escena.

Al parecer, una de las ‘pastillas mágicas’ favoritas de lxs argentinxs es el clonazepam y los números de la Confederación Farmacéutica Argentina lo demuestran:

  • Entre el 2004 y el 2014, se consumieron más de 15 millones de cajas: unos 450 millones de comprimidos, unos 45 millones al año.
  • Entre el 2016 y 2018, más de 20 millones de cajas: más de 600 millones de comprimidos, unos 300 millones de comprimidos al año.

El clonazepam es una de las tantas benzodiacepinas con efectos miorrelajantes, sedantes, hipnóticos, antiepiléptico, entre otros. El problema que acarrea es simple: desde una automedicación hasta prescripciones a mansalva, empaquetado en una pequeña pastilla con capacidad adictiva.

Sin control médico y bajo autoprescripción, el clonazepam puede llegar a transformarse en un factor que sostiene el trastorno de ansiedad: dado que ‘remueve’ la experiencia negativa, hace más amena la percepción de aquello que genera ansiedad, dilatando el acceso a un servicio especializado.

En otras palabras, si no forma parte de un tratamiento médico con control periódicos puede favorecer el consumo adictivo y la demora en acudir a un servicio médico competente que pueda abordar la problemática de cada persona.


Medicalización a la orden del día

Cuando un sujeto con ansiedad e insomnio se presenta en un centro de atención primario en busca de ‘algo que lo deje dormir’, estamos atacando los síntomas pero no las causas.

Y esto con mucha suerte, si consideramos que el 80% de las personas no accede a los servicios de salud mental según la OPS. Lo más probable es que conozca a alguien en tratamiento a quien pedirle un blíster: al fin y al cabo, 1 de cada 3 argentinxs es susceptible de sufrir una afección psíquica.

Poco se sabe -y tal vez nunca se pregunte- respecto a eso que no lo deja dormir, pero que tiene que funcionar: mañana tiene que laburar, llevar a sus pibes al colegio, pasar a pagar la luz y el gas que aumentaron.

Cuando la medicina sobrepasa los límites de lo diagnosticable y funciona como un engranaje más para que los sujetos sean productivos, estamos hablando de medicalización: el discurso productivo que sostiene a la maquinaria estatal ahora cuenta con la tecnología biomédica para mantenerte en pie, con una muleta mental y una psiquis enyesada.

No faltará quien piense fugazmente que se trata de una negación del contexto, una negación del ‘compromiso social’: “y sí, en esta sociedad hay que la-bu-rar”, ya escucho venir. No se trata de negar el ‘laburar’, se trata de en qué condiciones se lo hace.


“Son las condiciones, Raúl”

Imaginemos el siguiente panorama: joven egresadx con 28 años de la Facultad de Psicología sale al “mundo real” en busca de oportunidades laborales. En el transcurso, se encuentra con un sinfín de posibilidades en este mercado flexibilizado: contratos por tiempo determinado, pasantías prolongadas, oportunidades ad honorem… la que paga, con suerte, cubre el sueldo mínimo.

Competencia por remuneraciones y comisiones entre asalariados –quién la liga mejor– pueden terminar por corromper las relaciones internas en el colectivo de trabajadorxs, reduciendo las herramientas que vienen de la organización para hacer frente a las demandas sistemáticas de los superiores, en una empresa inserta en un sistema que busca maximizar todas sus utilidades.

A esto se suma que la división entre el tiempo de trabajo y el tiempo privado resulta cada vez más borrosa, gracias a las tecnologías comunicacionales como Whatsapp, Telegram, videollamadas, el servicio PTT de Nextel, entre otros.

Vayamos al contexto y sumemos: riesgo país de 700 puntos, dólar a 30 pesos, tarifazos en el gas -que hoy exportamos a Chile, ojo al piojo- que llegan a 4000 pesos en una casa para dos, el colectivo subió a 20 pesos y encima le robaron la bicicleta a dos cuadras de tu casa.

En otras palabras, el sujeto no sólo intenta insertarse en un mercado laboral que ofrece una remuneración menor a la necesaria para subsistir por su cuenta, sino que si lo logra es muy probable que lo haga en condiciones de incertidumbre, competencias y borramientos de las fronteras entre la vida privada y el trabajo.

Los incesantes cambios, las constantes inseguridades e incertidumbres van configurando un estado ansiógeno cotidiano: el sujeto vive en ansiedad, respira en ansiedad, come en ansiedad, (no) duerme en ansiedad… mientras mira por TV que el presidente de vacaciones está otra vez.

Pero no importa, nada de eso existe: otro día, otro ‘clona’.


Salidas

Las salidas a todos estos riesgos no son una tarde de Art Attack, un proyecto de Utilísima. Estamos hablando de las implicancias éticas que tiene un sistema de producción en este contexto sociohistórico… y eso sin profundizar en las cuestiones de la distribución del capital. Estamos hablando de la concepción misma de sujeto, inmerso en un sistema con unos valores particulares: no importa si te deslomás todo el día y el sueldo es miseria, porque el trabajo dignifica’.

Sin ir más lejos, la salida es política porque el escenario fue configurado por políticas: de flexibilización laboral, de reducción de derechos, de reducción de incumbencias, de paritarias por debajo de la inflación, y un extenso etcétera.

Uno puede tratar de generar un ambiente laboral ameno, evitar demandas de rendimiento excesivas, disminuir la duración e intensidad, evitar largas jornadas… pero lo cierto es que difícilmente soluciones locales puedan configurar una solución global cuando hablamos de empresas insertas en un sistema que sólo busca maximizar las ganancias. Más difícil aún cuando el modelo financiero concentra el capital en la mano de empresas de capital de inversión.

Un ejemplo concreto de esto es el informe de la Goldman Sachs, uno de los grupos de inversión más grandes del mundo. Entre varias aristas, el informe analiza el paradójico caso de Gilead Sciences: la empresa que supo producir la cura del Hepatitis C hoy cuenta con menores ganancias a causa de esto. El informe de Goldman Sachs concluye de manera contundente: el modelo de negocios de la industria farmacéutica se sostiene en el tratamiento de enfermedades, no en la producción de curas.

Considerando este panorama, sería más acertado decir que, de todos las orientaciones de gobierno posible, la salida no se encontraría a través de un gobierno neoliberal el cual su mejor antecedente en Salud Mental es haber aumentado el consumo de clonazepam.

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Martin García

Psicólogo en (de)formación. Especialista en cosas y doctor en casi todo. Adora hacer cálculos mentales y buscar patrones geométricos en las cosas. Realmente piensa que las palomas nos van a gobernar.
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