121 años de Roberto Arlt: "Rajá turrito, rajá"

Hoy Roberto Arlt cumpliría 121 años. Con esta recopilación de sus "Aguasfuertes Porteñas" rendimos homenaje al escritor que supo ganarse un lugar entre las mejores plumas de la historia argentina "por prepotencia de trabajo"

Por Redacción Enfant Terrible |

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Las que pasean

Hay mujeres que van todos los días a Florida. Digo todos los días, porque cada tres meses paso por allí y me encuentro a las mismas paseantes, con los mismos vestidos, la misma mirada, el mismo cansancio, igual paso, semejante rumbo. Grupos de tres, de cuatro, que al que va por primera vez le da la impresión de ser provincianas que están estudiando arquitectura y que, para el que las ve todos los días, le dejan en el entendimiento una pregunta flotante: ¿Qué diablos vienen a buscar todos los días estas mocitas a la calle? Porque se explica un día, dos ¿pero todos los días: invierno, verano, otoño? Se necesita paciencia y plata, sobre todo plata, para atender al desgaste de material rodante, quiero decir, de zapatos y medias.

Babel

Las veredas son tan estrechas y en las zonas anchas hay tantos escombros, que la gente va haciendo malabarismos con los pies entre los guardabarros de los autos. Como en los escenarios de los teatros cuando ya se apagaron las luces y quedan solas las bambalinas, se ven casas cortadas por la mitad, salones donde la piqueta municipal ha dejado íntegro, por un milagro, un rectángulo de papel de oro o una estampa de La Vie Parissien.

Armazones de cemento armado más bellos que una mujer. Caños de desagüe negros suspendidos entre jaulones de vigas y maderos. Arcos voltaicos reverberando sótanos de tierra amarilla, mientras cruje la cadena de la grúa eléctrica. Camiones de cien toneladas. Tranvías en trinas, zaguanes con puertas forradas de papel verde e inscripciones en oro: «Saloncitos reservados». Peluquerías de mujeres donde entran y salen hombres. Casas de departamentos donde cada departamento le deja una ganancia enorme al propietario... y al comisario. Bodegones donde se comen macarroni adornados con moñitos y lampreas vetustas. Librerías de viejo y nuevo con volúmenes hinchados de pornografía junto a la millonésima edición de Martín Fierro. Ristras de fotografías como para entusiasmarlo a Matusalén. Estudios fotográficos que, además de la fotografía, despachan otros artículos. Diarieros que se tutean con mujeres admirablemente vestidas. Señores con diamantes en la pechera que le estrechan la mano al negro de un dancing. Primeras actrices que tienen catadura de dueñas de pensión en tren de compras. Señoras honestas que parecen artistas. Gatos que podrían pasar por eximios facinerosos. Bandoleros con caras al coldcream y anteojos de armadura de carey. Vivos que parecen zonzos y lonyis que parecen asaltantes.

Todo aquí pierde su valor. Todo se transforma. Pasa un señor y dice:

-Buenas noches, mi cabo.

Y el cabo hace la venia. Ese hombre que saludó tiene ocho «manyamientos» y dos mujeres que lo visten para que pasee su linda figura por el canal de los locos y las bagatelas.

Todo aquí pierde su valor: se transforma. Una princesa baja de un auto y le dice al forajido del puesto de diarios:

-Che, Serafín ¿no tenés «menezunda»?

La luna, blanca como sal de cinc, redonda y pura, pasa oblicuamente cortando la cornisa de los rascacielos. De vez en cuando, un forajido levanta la cabeza, la mira y le dice después al socio:

-Che ¿vamo p' al escolazo?

Calle única

Calle única, calle absurda, calle linda. Calle para soñar, para perderse, para ir de allí a todos los éxitos y a todos los fracasos; calle de alegría; calle que las vuelve más gauchas y compadritas a las mujeres; calle donde los sastres le dan consejos a los autores y donde los polizontes confraternizan con los turros; calle de olvido, de locura, de milonga, de amor. Calle de las rusas, de las francesas, de las criollas que dejaron demasiado pronto el hogar para ir a correr la juerga tras de un malevito; calle de tango, de ensueño; calle que recuerdan los presos en el cuadro quinto; calle que al amanecer se azulea y oscurece porque la vida sólo es posible al resplandor artificial de los azules de metileno, de los verdes de sulfato de cobre, de los amarillos de ácido pícrico que le inyectan una locura de pirotecnia y celos.

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