A propósito de los Cuadernos de lengua y literatura de Mario Ortiz

Del mateísmo que buscó sacar la literatura y la poesía de sus reductos habituales a los cuadernos de lengua y literatura, damos un paseo por los pequeños cuerpos celestes que trama el escritor bahiense Mario Ortiz, donde produce esta experiencia que llamamos literatura

Por Redacción Enfant Terrible |

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Por Joaquín Montico Dipaul (@joaco.guaite) para Enfant Terrible

En tanto poeta ¡zas! novelista.

Osvaldo Lamborghini

Sabemos de Mario Ortiz que recorre la ciudad de Bahía Blanca en bicicleta y que siendo portador de unos brutos lentes culo de botella, ve cosas que no todos vemos. ¿O serán justamente los lentes los que le otorgan tal poder? Pedalea Mario, imaginemos que a un ritmo parejo. Quizás va desde Villa Mitre hasta la Universidad del Sur, donde dicta clases. O por ahí en el paseo de las esculturas, que está ahí cerquita de la UNS y se tienta a bajar por el barranco lleno de álamos y sauces, hacia el Napostá, un arroyo sin mística milenaria pero que es suficiente excusa para hacer explotar el lenguaje en mil salmones.

Puede dirigirse, Mario Ortiz, con viento seco y helado en la cara, siempre en bicicleta, a la biblioteca Rivadavia. Que está en avenida Colón, ahí nomás de la Plaza central que lleva el mismo nombre que la biblioteca. Que a su vez está muy cerca es el periódico local, La Nueva Provincia, un siniestro diario vinculado a la dictadura por el que se le otorga a la ciudad el mote de fascista. Lo cual es probablemente una concesión injustificada de cierto progresismo habitante de barrios finos de la Capital. Es decir, es verdad que este pasquín actuó en tándem con el V cuerpo del ejército y la base Rosario Puerto Belgrano en la última dictadura, pero al referirse a Bahía nunca se mencionan las primeras huelgas generales iniciadas el Puerto de Ingeniero White o, por caso, escritores, músicos, teatristas. Por el contrario, sería conveniente también evitar cierto causalismo que postula que de la opresión brotan verdes y frescas  expresiones artísticas.

Pues bien, a mediados de los ochenta, sobre el final de un contexto opresivo (de características continentales), así como hubieron expresiones extraordinarias por ejemplo, del under porteño, en Bahía tuvo lugar  un colectivo artístico llamado mateísmo. En una entrevista Mario Ortiz comenta sobre esta experiencia que:

"No tenía una determinada orientación estética, sino la necesidad de abrir canales de comunicación en torno a la poesía, sacándola de los reductos habituales (una aula, un programa de una facultad) en busca de un público lo más amplio y diverso posible"

De ahí viene el autor de Cuadernos de Lengua y Literatura  que lleva once títulos publicados con el mismo nombre (el último se acaba de publicar bajo el subtítulo Tratado de iconogénesis, por Editorial Leteo).

Pero ¿Qué es este espécimen extrañísimo que el autor nombra como un manual del primario? ¿Nunca una novela o un libro de poemas o de relatos algo más normal? Mario Ortiz responde en la introducción del Volumen VIII que “esto apenas es un cuaderno de notas, registros de experimentación.(…) Contra toda tentación de escribir libros.”

Se puede decir que los primeros dos volúmenes son más bien dispersos. Sin un objeto tan definido, como ocurre a partir del tercer volumen donde se lee una clara línea de investigación. Con esta última metodología es que a partir del quinto volumen se cristaliza una nítida voluntad narrativa (ya que los primeros tres libros son casi exclusivamente versiculares) como recurso que se suma al tramado de las historias “cuadernarias”. 

Si dijésemos que es posible rastrear un solo ángulo de investigación dentro de sus Cuadernos Lengua y Literatura, quizás el más palpable sea el de la relación entre las palabras y las cosas (sí, como ese libro borgeano de Foucault). ¿Cuál es el peso de las palabras? ¿Por qué lo tienen? ¿Cuál es su peso específico? ¿Lo tiene? ¿Y el histórico? ¿El elegante uso de las palabras es una estupidez frente al hambre? Todas estas cuestiones se presentan de muchos modos y al no tener un lugar cómodo en un formato como la novela o un cuento o un ensayo, porque es las tres cosas a la vez (pero también algo nuevo), es por lo que a esta necesidad estética particular la convierte en una nueva forma de literatura: un cuaderno. 

Los ejes de investigación que hacen avanzar las tramas, pueden ser varios y muy distintos pero que se logran vincular de un modo mágico. Un amigo o maestra de la primaria, un yuyo, su viejo, una vieja carcasa de televisor, un trabajador despedido, un arroyito, un diálogo imaginario entre una paloma y una estatua de Sainte-Beuve. Pero claro, todos elementos orbitan en una cartografía definida: la ciudad de Bahía Blanca. Empleando la poesía como punto y costura de tópicos en apariencia insoldables, por este movimiento, por la imposibilidad de vincular todos estos pequeños cuerpos celestes que trama el escritor bahiense, es que se produce esta experiencia que llamamos literatura. Y es justamente por la idea sobre poesía como función, encargada de investigar los vínculos escondidos entre lenguaje y objetos, sujetos y objetos, objetos y objetos, contra toda tentativa romántica paralizada pura y exclusivamente en el sujeto.

Si bien existe un fuerte componente autobiográfico, siempre se lee como un recurso que funciona en ese contexto caótico, y es por eso mismo que se disuelve. Ese yo, queda perdido. Como dijo Deleuze "no se trata no tener que decir “yo”, sino llegar al punto donde enunciar “yo” no tenga la menor importancia". Es lo que sucede en la literatura de Ortiz. Es que los materiales con los que trabaja nunca son abandonados y, por el contrario se mezclan, refuerzan, y no por eso se pierde la autenticidad de la sensación: ternura, tragedia, reflexión. Sobre esta sinapsis lingüística podemos usar sus propias términos: “Movimientos de envío y reenvío, dialéctica sin término” se lee en el Cuaderno VI.

A lo largo de todos estos textos, el autor es capaz de fisurar el espacio-tiempo y crear un nuevo imaginario sobre una ciudad cargada de prejuicios.

No obstante, ya sea que en la hoja se lee poesía o un cuento, una nouvelle de ciencia ficción, o un ejercicio de meditación filosófica, o el reclamo de un empleado vidriero que echaron sin indemnizar, siempre se escucha en sus Cuadernos una voz muy marcada, es decir, un estilo inconfundible.

El Cuaderno I comienza así:

el filósofo crea el espacio

y lo llena de sus cosas

la esencia, el ente, reliquias doradas

de su propio bazar,

el devenir de unas con otras,

lirios que se vuelven abejas zumbantes

El poema sigue y se pone cada vez más lindo, pero hay que cortar porque en realidad con “el filósofo crea el espacio / y lo llena de sus cosas” alcanza para tratar de exponer que es el propio Ortiz el que hace esa operación. Con esa frase abre el espacio que ya lleva, desde la primea publicación veintiún años en movimiento. A la vuelta de la página dice:

Bueno, / así el filósofo creó un espacio
/ que se ha vuelto zumbón /
pura joda/ purísima /
más joda que otra cosa

Entonces en este espacio que zumba y que se transforma en una joda inclasificable un puro vibrar de las palabras se da lugar a un tornado de situaciones que tienen sentido por el bruto o delicado tratamiento del lenguaje.

Es así que, en el volumen II se da un diálogo entre un busto del crítico literario francés Sainte-Beuve, a quien Marcel Proust le dedicó varias líneas que serían publicadas póstumamente, y una paloma. En la escena II del mencionado diálogo se lee:

Paloma

¿Y cómo será sentirse de bronce?

Sainte-Beuve

Frialdad y dureza

Paloma

Por lo menos se da el lujo de tener una pija dura como el hierro

Sainte-Beuve

Ni siquiera:

Es una bragueta falsa,

Y adentro hueco: puro aire.

Paloma

Es lo que yo digo:

pida monumentos y lo van a despijar

El diálogo continúa y en un momento la paloma le ofrece pedirle a una paloma amiga que le ponga dos huevos y en el mejor de los casos un nido en la cabeza. Un delirio increíble. Y esta escena, la II termina preguntándose SB “¿Empollaremos la crítica futura?”

En el V volumen tiene un encuentro imaginario con la Señorita Sarita, su maestra de la primaria que le cuenta que leyó sus libros y el narrador entablaba una relación muy tierna y se describe con precisión fotográfica la escena. Luego avanza con otros elementos que nunca se abandonan, está orbitando y los toma y los deja. “Entonces, Ortiz, ¿por qué vuelve a este aula después de más de veinticinco años?¿Qué es lo que está buscando entre nosotros?¿ Acaso estamos en deuda con usted?”. Recién en el prólogo del Cuaderno VIII va a responder: “Vuelvo, profe, porque es necesario que me vaya definitivamente”

El VI llamado Crítica a la imaginación pura comienza con una numeración de axiomas:

1. Existen las cosas.

2. Existen las palabras

3. Las palabras son cosas

4. Las cosas son cosas

5. Existen las flores que abren sus pétalos de noche. Están cerca del gallinero.

6. Las flores son cosas y son palabras.

Luego siguen los puntos a partir de elaboraciones teóricas, lingüísticas, mecánicas, históricas y más o menos cincuenta páginas adelante se lee en el estudio N°15:

37. Solo a partir de lo real podemos elaborar construcciones imaginarias.

38. Pero al mismo tiempo, solo la imaginación  permite acceder a lo real.

39. No hay paradoja entre ambos, sino movimiento de envío y reenvío, dialéctica sin término.

En el VII parte de Nelson un amigo de la primaria que recuerda allá en la primaria, y lo llama y está internado en un psiquiátrico, y avanza con su bicicleta y una cámara de fotos y “fitolingüística”. Que es a partir de la observación de una flor amarilla, un yuyito que es plaga por la zona donde se despliega toda una investigación exhaustiva de pensamientos y anotaciones. Y lo más hermoso, digámoslo, es que ese yuyito, o mejor dicho, el haber reparado en él fue lo que le despertó el lenguaje, luego de pasar un tiempo sin escribir.  

En el VIII hay una carcasa de un viejo televisor Zennith que termina siendo un homoscopio, un “invento” que “proyecta” imágenes iguales a sí mismas. Sin modificación alguna. Pero también la marca de lo que fue antes un televisor, la etimología de cénit, su antónimo, le sirve de excusa para especular crear, investigar y mezclado con algún mito que se coló en esas anotaciones, como el de Narciso, Eco, Sísifo pasan cosas como ésta:

                                  Eco es pura

                                           resonancia entre las piedras.

          Voz descarnada sobre un lago de sangre.

finalmente,

él acerca la mano a su cara y la atraviesa

                                                         ondas

                                                           se vuelve

                                                            de pétalos

                                                         concéntricos

                     sumerge los dedos hasta el propio corazón  

y siente que ya bombea polen, savia, néctar.

Antes que se complete la metamorfosis, Narciso

alcanza a ver el sonido

                                                 de una voz

sobre un  lago cristalino.

Como se ve, el espectro es amplísimo. No queda más que salir a conseguir todos los volúmenes posibles y bucear en esos universos hechos de minucia, reflexión, lenguaje.  

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