Por Ignacio Bisignano

“Mi nombre es Eva Duarte” se manifiesta como una de las propuestas escénicas más llamativas de la cartelera teatral cordobesa. Esta obra de teatro,  nos promete el tratamiento Eva duarte de Perón, uno de los máximos símbolos no solo del peronismo sino de la historia política nacional. Se sea peronista o no, parece imposible que la figura de Evita provoque indiferencia. Es que dicho personaje, despierta fuertes pasiones, marcando oscilaciones que van desde la idolatría hasta el odio visceral. Es por ello, que “Mi nombre es Eva Duarte” tiene una gran resonancia en la escena local y quizás solo por el hecho de que Evita se consagre como figura central de la propuesta escénica,  la obra toma un notable interés.

Quizás como espectadores, esperamos apreciar en la piel de la enorme actriz Eva Bianco a Eva Duarte, anhelamos que entre las fotografías que conocemos de evita y la imagen que nos ofrecen en el escenario no haya gran diferencia ¡Es Evita, esperamos verla ahí!  Queremos que el arte nos traiga a Eva de nuevo a la vida, deseamos verla frente a nosotros, y que no falte nada de ella: queremos su ropaje, su voz, su sonrisa, sus movimientos, sus gestos, etc.  ¿Encontramos algo de esto en “Mi nombre es Eva Duarte”? ¿Qué nos propone la directora? ¿Colma nuestros deseos inmediatos?

Presenciamos una obra más bien inconveniente,  que se sitúa en contra de lo que el espectador quizás espera. “Mi nombre es Eva Duarte” no es una copia, no representa fielmente, no reproduce la imagen previa que teníamos de Evita.  Y quizás sea por esto, que la propuesta de María Belén Pistone logra consagrarse como una gran creación estética. La obra logra constituirse como una manifestación marcadamente artística, no histórica ni narrativa, sino artística, a partir de un lenguaje específicamente teatral. “Mi nombre es Eva Duarte”, nos enseña que el teatro no es un simple medio para un fin ajeno, y que en el propio caso de Evita,  la política no puede ser un campo que deba reducir a lo artístico.  Lo necesario del teatro aparece justamente cuando deja de competir contra otros campos, cuando deja de querer ser otra disciplina, dedicándose a hablar en su lenguaje, proponiendo aquello que el teatro sabe hacer y mostrar en base a  su propio registro y sus propias herramientas. En mi “nombre es Eva Duarte” no hay calco ni copia sino creación y novedad ¿Qué nos dice más sobre Evita, un recorrido cronológico e histórico de su vida, de corte narrativo, con representaciones como calcos de la realidad o una creación artístico poética?  

“Mi nombre es Eva Duarte” trata deliberadamente el deseo de desemejanza. De hecho, desde su propio nombre, la obra juega con la copia, ironiza sobre las coincidencias y se ríe de las semejanzas: la actriz Eva Bianco, tiene el mismo nombre que la entrañable Evita, pero, es lo único en que coinciden, es lo único en lo que se relacionan. Se transita la desemejanza y la diferencia antes que la copia o la similitud, y es allí donde se representa artísticamente a Evita de la mejor manera.  Si esperamos ver una mujer que represente a la líder histórica del peronismo, nos habremos imaginado alguien pequeña, rubia, y con tonada bonaerense. Pero ¿Qué nos ofrece “Mi nombre es Eva duarte? Nos muestra el excelente despliegue escénico de Eva Bianco, que en contra de lo esperado, se presenta como una mujer alta, morocha, y con una acentuada tonada cordobesa. Sin embargo, en la ejecución actoral logramos ver a Evita, reconocemos su presencia. No es la Eva duarte que esperábamos, no es la figura sagrada que imaginábamos previamente, pero si es una presencia de mayor riqueza y complejidad. Tampoco se presentan elementos escenográficos que apelen directamente al entrañable personaje, sin embargo, la conjunción de diversas piezas que no encuentran fácil relación con Eva Duarte, logran remitirnos a ella, pero de un modo distinto y osado. La propuesta teatral de María Belén Pistone, logra manifestar un emblema cultural como Evita, pero en clave artístico y teatral, sin aspirar a otro ámbito, sin anhelar otros recursos. “Mi nombre es Eva Duarte” es la manifestación más viva de la creación,  yendo a contramano de la reproducción, desdeñando la copia, apartándose de una simple duplicación o de una Evita que ya conocemos.

El despliegue escenográfico es ostensiblemente bello, la conjunción de los colores, las luces y los movimientos de las actrices, hacen un todo integrado que encantan a nuestra visión. Esto resulta particularmente interesante al ser una obra sobre Evita, ya que muchas veces, lo político parece ser reacio a la belleza y la prolijidad escénica. De hecho, se suele emparentar la política a lo sucio, lo conflictivo, lo desprolijo, etc. Pero en “Mi nombre e Eva Duarte”, se logran unificar esos dos mundos que parecen contradictorios: un despliegue estético, bello, impecable e higiénico con una excelente manifestación artística de un fenómeno político.

Estamos en presencia de una gran obra de teatro, que merece una asistencia obligada. “Mi nombre es Eva Duarte” es una propuesta inconveniente, que se sitúa en contra de lo que quizás se espera, pero por eso mismo, expresa un resultado sólido y que supera cualquier expectativa.  Deleuze decía, que el arte antes de representar, reproducir o duplicar lo sensible, se dedica a “volver sensible”, en el sentido de que lo artístico, no utiliza la imagen para remitirse a otra cosa, más bien crea imagen evocando una unicidad inimitable. Algo similar sucede con “Mi nombre es Eva Duarte”. Esta obra no representa fielmente a Evita, no la reproduce ni la duplica como calco, sino que la vuelve visible, la recrea como manifestación estética y teatral.  “Mi nombre es Eva Duarte” no copia lo semejante, crea la semejanza a partir de elementos desemejantes, crea a Evita a partir de elementos que no nos remiten directamente a la líder peronista. Ni la actriz ni los objetos de la escenografía nos conducen inmediatamente a lo que esperamos, y sin embargo presenciamos la magia del teatro: logramos ver a Evita con una riqueza altisonante que supera en enorme medida nuestras expectativas.

Escrita y dirigida por María Belén Pistone. En escena están Eva Bianco y Constanza Albarracín, el diseño y la realización de vestuario son de Natalia Ferreyra, la gráfica y las fotografías pertenecen a Rodrigo Brunelli, el diseño escenográfico es de El Cuenco Teatro y la realización es de Rodolfo Ramos.

Las funciones son los sábados a las 21 en la sala de Mendoza 2063. Entrada general $ 350. Reservas al 351 – 5945863.

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Redacción Enfant Terrible

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