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Un 4 de julio de 1976, cerca de las 1 de la mañana, 3 sacerdotes y dos seminaristas palotinos encontrarían su fatídico final a manos de un grupo de tareas de la dictadura cívico, militar y eclesiástica. El suceso sería conocido como la Masacre de San Patricio.

Un 4 de julio de 1976, cerca de las 1 de la mañana, tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos se encontraron del otro lado de los ‘cohetazos’ de la dictadura cívico, militar y eclesiástica. Sus nombres eran Alfredo Leaden, Alfredo Kelly, Pedro Duffau, Salvador Barbeito y Emilio Barbetti.

Sus cuerpos, inertes en la iglesia de San Patricio en el barrio de Belgrano (Buenos Aires), recién fueron encontrados al día siguiente por Rolando Savino, organista de la iglesia. No fue lo único que encontró: a modo de retorcido souvenir, los perpetradores dejaron tres mensajes.

«Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria.«

El primero establecía directamente que los asesinos estaban relacionados directamente con la dictadura. Los camaradas dinamitados en Seguridad Federal hacía referencia a una operación de Montoneros, así que era uno más uno.

Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son M.S.T.M.

El segundo mensaje fue, paradójicamente, para la Iglesia misma. Era un mensaje contra el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

El tercer mensaje fue tal vez más claro. La inmarchitable obra de Quino, la del palito de abollar ideologías, reposaba sobre el cuerpo de Salvador Barbeito. No era un mensaje de autoría ni se remitió a una institución como la Iglesia: era un mensaje que apelaba a la base cultural del pueblo argentino.

Al día siguiente, el 5 de julio, se realizó una misa masiva con más de tres mil fieles y, naturalmente, altos mandos militares. La relación de la Iglesia en su conjunto y la dictadura del ’76 es, mínimo, bastante compleja. No sólo eso, sino que en cierto punto representaba las dinámicas que se observan hoy con las centrales obreras: las bases piden una cosa, la dirección hace otra.

Nunca se supo concretamente qué pasó aquel 4 de julio. Se sabe por testimonios que momentos antes del asesinato había un auto estacionado fuera de la iglesia de San Patricio. Se sabe por testimonios que la policía se acercó al auto. Se sabe por testimonio de Pedro Alvarez que el oficial Romano fue quien se acercó al auto y le dijeron que iban a reventar unos zurdos. Se sabe que hubo un encubrimiento por parte de la Iglesia, el gobierno de facto y el Poder Judicial. Se sabe que ese encubrimiento siguió mucho tiempo después.

Se sabe que en 1989 Eduardo Kimel publica un libro donde acusaba al grupo de tareas comandado por el teniente de navío Antonio Pernías, el infame Grupo de Tareas 3.3.2 y agente intelectual de las torturas de la ESMA. Se sabe que Kimel fue denunciado por injurias por el mismo juez que estuvo a cargo del caso durante la dictadura militar, el señor Guillermo Rivarola, por criticar su accionar durante dicho proceso judicial.

Se sabe que hoy tenemos, en parte por eso, la Ley Kimel que despenaliza las calumnias e injurias en casos de opiniones de interés público. Se sabe que la causa fue reabierta por el juez Sergio Torres en el marco de la Megacausa ESMA. Se sabe que dicha reapertura fue porque había declaraciones que daban la razón a Kimel, más de 20 años después.

Se saben muchas cosas y tantas más que todavía no. Se sabe que pasaron 43 años y se sabe quiénes fueron. Se sabe lo suficiente para saber que algo así nunca más tiene que pasar.

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Martin García

Psicólogo en (de)formación. Especialista en cosas y doctor en casi todo. Adora hacer cálculos mentales y buscar patrones geométricos en las cosas. Realmente piensa que las palomas nos van a gobernar.
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