Desde que comenzó el año han muerto seis niños, cinco de ellos pertenecientes al pueblo Wichí en la zona del Chaco Salteño. Ninguno superaba los tres años de edad. La desnutrición estructural que sufren las poblaciones originarias como producto de la exclusión social, la deforestación de sus territorios, el precio de los alimentos entre otras cosas los condena a la enfermedad y la muerte. “Son reacios a la atención médica” declaró el secretario de Salud provincial, responsabilizando a las comunidades originarias de la muerte de sus hijos.

Wichis Santa Victoria Salta

“Esto ocurre por múltiples factores relacionados con las forma de vida de las comunidades aborígenes, especialmente wichis, que son reacias a la atención médica”. Esta ha sido la respuesta que el estado provincial salteño ha brindado a las seis familias que han visto morir a sus hijos de entre 8 meses y 2 años en los últimos 20 días. El secretario provincial de Salud Antonio de los Ríos no ha dudado en responsabilizar a las madres Wichís de la desnutrición, el hambre y la muerte de sus hijos.

El último deceso se registró ayer domingo cuando los padres de un niño de 1 año y 9 meses acudieron al Hosital General de la localidad salteña de Los Blancos donde fue diagnosticado con “un cuadro febril, y deshidratación severa”. Permaneció diez días con vómitos y diarrea y tenía una enfermedad de base: desnutrición crónica severa. Con esta muerte ya suman seis los niños fallecidos en el Chaco Salteño, cinco de ellos pertenecientes a la comunidad Wichí.

El hambre estructural y la “civilización”

La nutricionista y feminista Melisa Tejerina realizó durante 2015 una investigación sobre el origen estructural de la desnutrición y el hambre en las poblaciones Wichís, cuyas conclusiones son contundentes: “Primero vinieron por los recursos en el territorio y empezaron a despojarlos y obligarlos a moverse. Al quitarles el monte (sea por desalojos, o por la deforestación), cambiaron sus hábitos alimentarios y con ello su cultura“.

Apenas sobreviven con servicios básicos de salud, con agua de pozo” que no tienen a mano sino que a veces tienen que caminar dos o tres cuadras para acarrear bidones de agua de 20 litros; si son dos, pesan 40 kilos y las mujeres tienen que hacer ese trabajo para lavar, cocinar, bañarse, bañar a los chicos, y con agua que no es potable. Los bidones “generalmente son de glifosato. Lavados, pero de glifosato” declaraba el médico salteño Rodolfo Franco en diálogo con Agencia Pelota de Trapo.

Esta aproximación a la problemática del hambre y la malnutrición nos permite poner el foco en la ausencia del Estado, o en la perspectiva racista y excluyente del Ministerio de Salud de Salta. Las condiciones precarias de vida, la falta de acceso a agua potable, el olvido y el rechazo son parte fundamental del problema, antes que las “diferencias culturales” de las que habla el gobierno provincial para lavarse las manos, o más aún la “culpa” que echan los funcionarios sobre las madres Wichís que ven morir a sus hijos de hambre y sed.

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Redacción Enfant Terrible

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