El centenario del nacimiento de la que supo ser la “Jefa Espiritual de la Nación” ha vuelto a poner sobre el tapete su contradictoria figura. Adorada como una santa por las clases populares, despreciada por la oligarquía local, ferviente defensora de los pobres y los descamisados, a un siglo de distancia Evita sigue levantando los odios y pasiones que caracterizan la política y la sociedad argentinas.

La abanderada de los humildes cumplió 100 años y no hubo actos oficiales, declaraciones, ni un triste comunicado para rememorar la figura histórica de quien fuera -y es- un icono político de la Argentina. Otra vez la oligarquía mostró la hilacha, afectada desde siempre por sus malos humores y su peor leche.

“Esa mujer” cuyo nombre todavía suena escupido y sin nombrarse en los pasillos de las casonas coloniales de Vicente López y Recoleta. Evita, militante, política y grasa, descamisada y autoritaria, concitaba en su cuerpo el cúmulo de odios y pasiones que caracterizan la grieta histórica que divide cualquier sociedad, especialmente la sociedad argentina y que algunos parecen haber descubierto recién en el último lustro. 

El cáncer, la caída y proscripción del peronismo, la profanación de su tumba y el robo de su cadáver, varias dictaduras sangrientas, el revanchismo ideológico y toda la propaganda que pudieron juntar durante un siglo, no han sido suficientes para que todavía hoy, en la casa de sus amados cabecitas negras, cuelgue dignamente un cuadro de Evita. 

“Solamente involucrándonos con el dolor, viviendo y sufriendo con los pueblos, cualquiera sea su color, raza o credo, se podrá realizar la enorme tarea de construir la justicia que nos lleve a la paz. Bien vale la pena quemar la vida en aras de la solidaridad si el fruto será la paz del mundo y su felicidad aunque ese fruto madure, tal vez, cuando nosotros hayamos desaparecido”

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Santiago Torrado

Menorquín en Argentina. Fotógrafx documental. Discuto política a los gritos y tengo un perro que se llama Lupo.
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