Crónica de viajes: una tarde en la sinagoga de Sofía

En un viaje que le permitió atravesar Europa, Joaquín se subió a todos los trenes y bondis que encontró desde Cádiz hasta Hungría y desde Bulgaria al Reino Unido. Una seria de crónicas de viaje que también se pueden escuchar en el podcast Periplo Cultural

Por Redacción Enfant Terrible |

🕒 6 minutos de lectura

Por Joaquín Roffé

El bus me escupió en la terminal de Sofía pasadas las cinco de la mañana. Aún era de noche y por lo visto el sol no tenía la más mínima intención de soltar la almohada y hacerse presente. Los diez metros que tuve que caminar hasta  la puerta vidriada de la estación  fueron una cruda bienvenida al invierno búlgaro. Ingresé al amplio salón donde había muy poca gente, principalmente vagabundos.

Me senté junto a una señora de cachetes colorados y sobretodo gris. Le ofrecí un paquete de galletitas. Me gritó algo en búlgaro. Guardé las galletitas. Las tiendas de café de la estación estaban cerradas.  Taxis no había y transportes públicos, a esa hora,  tampoco. La única jugada que podía realizar era abrigarme muy bien y caminar las treinta cuadras que me separaban del hostel. El termómetro de mi celular, heraldo de malas noticias, marcaba diez grados bajo cero.

Al avanzar por las desiertas calles se dejaba ver una ciudad antigua, de casas bajas y poco ostentosas. El indómito frío no daba tregua así que aceleré el paso. Tras varios minutos,  los dedos de mis pies, petrificados y anarquistas, ya no respondían las órdenes del cuerpo. Apuré el paso y bajé la cabeza, como un caballo que solo puede enfocarse en llegar a la meta.  Finalmente llegue a la ubicación que marcaba el mapa e ingresé al lobby del hostel, un lugar amplio e iluminado donde algunos madrugadores leían y otros conversaban. Divino tesoro aquellas dos tazas de café bien caliente que me bebí en cuestión de segundos en la recepción.

Al igual que ocurre en la mayoría de los países de Europa del este, no es necesario desembolsar un dineral para disfrutar la estadía en Sofía. Más bien lo contrario. En mi caso pagué la habitación más barata, que debí compartir con dieciocho personas más. Vale aclarar que semejante masa humana no es suficiente para darle batalla a la temperatura, que con su metálico revólver toma a la noche de rehén.

Bulgaria es un país enérgicamente coloreado por la historia y sus pinceladas. Sofía supo ser  testigo de ello y  lo muestra  en cada rincón de la ciudad. Al recorrer sus calles es normal toparse con murallas romanas, mezquitas otomanas e incluso restos de murallas tracias construidas hace nada menos que 2400 años. En aquella época, Bulgaria  fue gobernada por Alejandro Magno. Más adelante pasaron diversos pueblos, etnias e imperios que han ido dejando su inamovible huella. Por dar un ejemplo de la importancia del país, en Bulgaria fue creado el alfabeto cirílico, utilizado actualmente en Rusia, entre otros países.

Sofía no es una gran capital turística como puede serlo Roma o Londres pero está preparada para sorprender a los viajeros, sobre todo a aquellos que llegan con bajas expectativas. El paisaje de la ciudad es heterogéneo, combina arquitectura moderna y antigua, construcciones soviéticas, edificios bajos y montañas de fondo, generando un pintoresco resultado. El distinguido protagonista de la ciudad es el tranvía, color azul con una franja amarilla  horizontal. Faltaría nada más que el conductor sea Riquelme.  Con su austero  andar  se le para de manos a tanta modernidad tecnológica que inunda las calles del mundo en el corriente siglo.

La catedral de Alejandro Nevski es, probablemente, la construcción  más llamativa de la ciudad. Se trata de una iglesia ortodoxa inmensa y realmente pintoresca con techos y cúpulas de oro. Pese a que el cristianismo ortodoxo es la religión predominante en Bulgaria, no es la única. Es normal caminar por Sofía y toparse también con mezquitas e iglesias católicas.  La multiculturalidad brota de cada baldosa búlgara.

Apenas salgo de la iglesia ortodoxa, camino un minuto y me llama la atención un templo gigante.  No se si se trata de una iglesia ortodoxa o católica. El Maguen David de la fachada resuelve la incógnita: es la sinagoga de Sofía. Tras pagar la entrada y atravesar una serie de cacheos entro finalmente y quedo atontado por la belleza que ni por casualidad puede uno imaginar de las puertas hacia afuera. La paz y el silencio abrazan el interior del templo.

Es un lugar muy alto y grande, lleno de detalles artísticos que miman la mirada. Los techos coloridos sostienen un candelabro dorado de un tamaño tan grande como nunca había visto. Un grupo de tres personas estaban conversando junto a la torá. Me acerqué y noté que se trataba de una pareja joven junto a un hombre bastante mayor. Hablaban en alemán. Al minuto la pareja se retiró del templo. El anciano notó mi presencia y se me acercó. Era bajito y vestía de manera elegante. Tenía ojos claros y pelo blanquísimo.

-¿English? ¿Deutsch? ¿Spanish? ¿French? ¿Italian? –preguntó sosteniendo su brillante mirada en mis ojos.

-Spanish- respondí.

El hombre me invitó a sentarme a su lado, en la primera fila de la ahora desierta sinagoga y comenzó a hablarme despacio, sin apuro, en un perfecto español:

-Este templo es una sinagoga sefaradí construida a principios del siglo 20. Pese a que entran 1200 personas, hoy en día vienen unas pocas decenas cada viernes. Es muy lindo el templo ¿viste? –dijo sonriendo- Mezcla muchos estilos arquitectónicos. El mármol aquel –me indicó extendiendo el dedo como en cámara lenta- es traído de los Alpes de Carrara y los mosaicos son de Venecia. El gran candelabro que está sobre nosotros es uno de los más grandes de Europa. Pesa casi dos toneladas.

Mire hacia arriba y me imagine a la gente en shabat, sentada en los largos bancos, rezando y pidiéndole a dios salud, trabajo, amor, pero principalmente que aquel candelabro siga firme porque de soltarse le partiría el marote a más de uno.

El templo posee también un museo de la historia judía en Bulgaria. Como idioma búlgaro no entiendo y no quiero molestar de nuevo al hombre que parece fatigado luego de tanta cháchara, decido buscar en internet la historia en cuestión.

Durante la segunda guerra mundial, Hitler le pidió al entonces rey búlgaro, Boris III, que deportara a los 50.000 judíos del país, para que así pudieran ser mandados a los campos de exterminio. Cuando el gobierno comenzó a organizar el plan de deportación, varios líderes eclesiásticos de la Iglesia ortodoxa salieron a las calles para frenar estas medidas antijudías.

A los reclamos se sumaron políticos, medios de comunicación y parte de la población búlgara. Como resultado y pese a las presiones de Hitler, finalmente los judíos búlgaros fueron salvados. Quienes no tuvieron la misma suerte fueron los judíos de Macedonia y Tracia –en ese momento parte de Bulgaria- que fueron deportados.  El caso búlgaro es muy  destacable y poco común, ya que al finalizar la guerra contaba con el mismo número de habitantes judíos que al inicio de la misma.

Antes de irme salude al señor y le comenté que yo también soy sefaradí. Desconfiado (con razón, ya que somos una minoría muy menor dentro del judaísmo) me preguntó mi apellido.

-Ah, Roffé. Significa médico en hebreo.-dijo con una sonrisa que le achinó los ojos.

Otro idioma más para el currículum del anciano.

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