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Fue novelista, poeta, periodista, militante anarquista y pionera del feminismo combativo argentino de principios de siglo XX. Salvadora Medina Onrubia es aún hoy una figura poco recordada, el siguiente perfil busca rescatar del olvido algunos de sus más grandes momentos.

Aunque algunas fuentes ubican su nacimiento en la bulliciosa capital de la provincia de Buenos Aires, Salvadora Medina Onrubia nació hacia 1894 en Gualeguay, en la costera Entre Ríos. Abandonada por su padre al poco de nacer, su madre Teresa Onrubia logró darle una educación básica, que le permitió a Salvadora versarse en las primeras letras y asumirse anarquista.

Con las primeras décadas del siglo XX y los tangos de la Guardia Vieja sonando por el adoquinado porteño, Salvadora llega a Buenos Aires con su hijo -fruto de una relación con un abogado entrerriano del que no quedaron rastros- recién nacido y registrado -que no bautizado- como Carlos y que ella apodará cariñosamente «Pitón».

Por esos años iniciará una destacada militancia política en las filas del anarquismo, al tiempo que compone versos y escribe obras de teatro que aún no encontraban quién las publicase. Colabora esporádicamente con la revista porteña Fray Mocho, y a veces con el pasquín anarquista La Protesta.

Probablemente Salvadora sea la primera mujer que diera un encendido discurso político público en la historia moderna de la Argentina. Hacia finales de la segunda década del siglo XX y situada sobre sobre alguna tribuna, Salvadora dió un encendido discurso por la liberación del emblemático anarquista ruso Simón Radowitsky, con quien intercambiaba correspondencia y por quien intercedió ante el presidente Hipólito Yirigoyen para que fuera indultado, prebenda que consiguió.

Tras el derrocamiento del gobierno de Yrigoyen, Salvadora es encarcelada junto a decenas de activistas, periodistas, intelectuales y obreros, por la represión desatada por el gobierno de facto de Uriburu. Su condición de mujer rebelde queda plasmada una carta que envía al dictador, al enterarse de una solicitada por su libertación, que le hicieron llegar intelectuales de la época -entre ellos Borges- al general golpista.

«Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. (…) guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.»

Consagración y caída en desgracia

Los ecos terribles de la Semana Trágica de la que participó activamente fueron quedando atrás a medida que el periodismo y la literatura se convertían en su más afilada arma de guerra contra el capitalismo y la opresión. 

Escribió en la famosa revista Caras y Caretas, llegó a ser editora de La Protesta -antes de su clausura y durante su edición clandestina- y sostenía una columna en el conocido diario Crítica, propiedad del poderoso e influyente periodista Natalio Botana. 
Su relación con Botana pasó del enfrentamiento abierto e irreconciliable, a la paz duradera de un matrimonio que los llevó a ser una controvertida dupla periodística. Políticamente liberal para la época, de lenguaje tajante y poco dada a la retórica épica y patriótica.

Onrubia y Botana

Por aquella época Salvadora ya se había consagrado como una pluma audaz y desafiante: ««A pesar de ser mujer, me permito el lujo de tener ideas ¿sabe?» declamaban sus personajes femeninos e indomables en su novela Las descentradas, una oda al feminismo de la época y a las mujeres que como ella, desafiaban el statu quo ridiculizando poniendo en jaque el lugar del varón en la sociedad, reivindicando a la «mujer descentrada»

Por entonces se levantaron algunas voces críticas con su cambio de vida, que pasó de la diatriba anarquista a pie de barricada, a los suelos de mármol de una enorme mansión en Don Torcuato, sus vestidos de pieles y sus invitados ilustres, entre quienes se contaban con frecuencia Pablo Neruda, el pintor David Alfaro-Siqueriós -que dejaría como testimonio de sus visitas, un enorme mural que hoy se encuentra en la Casa Rosada- o el filósofo Ortega y Gasset entre otros.

El suicidio de su primogénito Carlos «Pitón» y la posterior muerte de su cónyuge Natalio Botana en un accidente automovilístico, sumieron a Salvadora en una terrible depresión que derivó en su adicción a la morfina y la inhalación de éter, vicios de los que ya no se desprendería nunca.

Olvidada por una sociedad que ya había cambiado demasiado hacia finales de los años 60, que ya no recordaba las ideas de Simón Radowitsky y de las viejas figuras de la Semana Trágica, pero que no dejaban de cuestionar la vida de una mujer sola, se vio obligada a vender su palacete de Don Torcuato y la propiedad de la revista y la editorial Crítica. Murió en 1972 tras pasar sus últimos años sola y -según dicen- con cierta precariedad. Ser una «descentrada» se paga caro. Quedan para la historia del feminismo, el testimonio de su vida turbulenta, de sus encendidas diatribas revolucionarias, y sus exquisitos libros y obras.

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Santiago Torrado

Menorquín en Argentina. Fotógrafx documental. Discuto política a los gritos y tengo un perro que se llama Lupo.
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