En el último viernes del 2019 miles de personas coparon nuevamente la Plaza Dignidad en el centro de Santiago de Chile para exigir una nueva constitución y denunciar las graves violaciones de derechos humanos cometidas por miembros de las fuerzas de seguridad en estos dos meses de protesta. Carabineros reprimió con balines, gas lacrimógeno, caballería, helicópteros y carros hidrantes. Un manifestante murió tras caer en una fosa electrificada huyendo de los pacos y una lacrimógena disparada a propósito contra el Centro Arte Alameda incendió el lugar.

El último viernes del año amaneció caluroso en Santiago de Chile. Desde temprano un contingente de más de mil efectivos de Carabineros mantenían sitiada la Plaza Dignidad para evitar que se concentraran manifestantes. La convocatoria para las 17hs preveía una masiva movilización. Desde unas semanas atrás la estrategia de “los pacos” es, antes que reprimir la concentración, evitar que ésta llegue a concretarse. Por eso el despliegue descomunal de efectivos, carros lanzagases, hidrantes, perros, caballos y miles de uniformados.

Juan Carlos tiene 60 años y cobra 2 millones de pesos chilenos al mes. No es precisamente un proletario y sin embargo, viene todos los días a la Plaza Dignidad. “Vengo a desquitarme por todo lo que no pude protestar en los 70” comenta emocionado. Su voz queda opacada por el pañuelo que le cubre la cara. “Mi hija es abogada y también pertenece a la clase alta, me reprocha que venga a la Plaza, no sabe lo que es vivir con el miedo en el cuerpo 30 años.Yo le respondo que ella debería estar acá también”. Se saca despacio los lentes de sol y puedo ver cómo se seca los ojos humedecidos de alegría.

Vamos llegando a la Plaza y tras una breve escaramuza con la Primera Línea, los Carabineros se retiran. La convocatoria rompe con toda la planificación militar, sobrepasa toda la logística marcial. Una masa venida desde todos las poblaciones y barrios de Santiago se toma la Plaza otra vez. Cantan, aplauden, se abrazan, saltan de alegría. El calor del encuentro con el otro, ese históricamente negado, escondido, ultrajado, avanza a ritmo de cumbia por las calles y plazas de todo este Chile despierto.

De pronto, en el paroxismo de la fiesta, un estruendo ensordecedor salido de la esquina de la alameda palpita la amenaza a pocos metros del festejo. Del cielo caen como una lluvia ácida varias decenas de proyectiles. Las lacrimógenas de hoy tienen algo especial. No sólo irritan los ojos y la garganta, se hace imposible ver, no se puede correr en ninguna dirección. “No corran cabros! Aguante la Primera!” gritan los pibes de la barra del Colo-Colo mientras corren a contramano de la masa de gente que huye hacia el Parque Botánico, van a enfrentarse a los pacos que ya comienzan a avanzar para echarnos de la Plaza.

La batalla dura unas dos horas y es feroz. Mientras corremos por el parque esquivando árboles y pozos, raíces y bancos de piedra destruídos para hacer municiones, suena a nuestra espalda el estallido de los tiros. No vienen sucedidos del gas, por lo que resulta inevitable pensar que son balines de caucho o algo peor. Por fin los pacos reciben la orden de retirarse y, por diversión o por maldad, disparan una lacrimógena al techo del Centro Arte Alameda que comienza a arder. Pronto el gran incendio devorará ese emblemático centro cultural.

Cayó la noche tras el festejo. Recuperamos la Plaza por varias horas y la alegría inundó las calles. Ya lejos de los enfrentamientos vamos bajando por la Alameda. La avenida está cerrada al tráfico y en cada esquina hay grupos de vecinos que salen voluntariamente a quemar cosas para garantizar el piquete: arde una cocina vieja, una puerta desvencijada, una silla sin uso. Por la calle bajan los cabros que vienen de enfrentarse con los pacos. De pronto el anuncio fatal:

Mataron a un cabro! Estos pacos conchesumadre mataron a otro compa!. Desde el cerro Santa Lucía, desde los callejones aledaños del Barrio San Isidro circula el rumor como un viento trágico y fatal. Iba corriendo, escapando de los disparos y cayó dentro de una fosa que tenía agua del carro hidrante, los cables hicieron cortocircuito y murió electrocutado. Tenía 40 años y no llegué a saber su nombre.

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Santiago Torrado

Menorquín en Argentina. Fotógrafx documental. Discuto política a los gritos y tengo un perro que se llama Lupo.
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