Onganía: un militar medieval en la Argentina de los 60

Si el Cordobazo fuera una obra de teatro, el antagonista sería -podría ser, entre otros- Juan Carlos Onganía. Un militar ultracatólico que quiso prohibir la cultura y pretendió prolongar su dictadura desde 1966 hasta 2013, según sus propias palabras. Del enfrentamiento entre facciones en el Ejército que casi nos arroja a la guerra civil al derrumbe humillante de su gobierno, proponemos un recorrido por la vida del personaje que abrió subrepticiamente las puertas al Terrorismo de Estado.

Por Santiago Torrado |

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El primer acto es así: Es marzo de 1962 y Juan Carlos Onganía, devoto cristiano y prohombre de bigotazo y uniforme primorosamente almidonado, ocupa el cargo de comandante de Campo de Mayo. Un ruido sordo de sables y tanques recorre los cuarteles, a propósito del clamor popular que exige garantías democráticas para las elecciones y la participación en ellas del peronismo.

Oleadas de atentados y protestas sociales y gremiales sacuden Argentina. Derrocado Frondizi, asume como presidente José María Guido, un pusilánime político radical que no puede, no quiere o no sabe accionar entre el sable y las masas. Se clausuran los poderes públicos y es detenido-desaparecido el dirigente metalúrgico peronista Felipe Vallese. Un triste ominoso presagio de los tiempos por venir.

Entre susurros en las sacristías del cuartel y la misa diaria, Onganía planea junto a un sector de la iglesia, las probabilidades del enfrentamiento entre "azules" y "colorados", los dos bandos en que las Fuerzas Armadas Argentinas están divididas a propósito de qué hacer con el peronismo. Los enfrentamientos comienzan durante el feriado de Semana Santa, dios mediante. Son choques rápidos y muy violentos. Se purgan viejas rencillas militares, el arma de Caballería contra los pilotos de la Fuerza Aérea, la Armada contra el Ejército, y así sucesivamente.

En jerga militar, se llama "teatro de operaciones" al área específica en la cual se desarrolla un conflicto armado. Juan Carlos cumple con talento su papel en este sainete. Está convencido de ser cruzado en esta contienda. Se siente un santo varón con la espada en una mano y la cruz en la otra. Los tiros y las bombas duran seis meses. Veinticuatro muertos y ochenta y siete heridos después, el bando "Azul" resulta vencedor. Brindan en una mesa, con Juan Carlos, todo sonrisas y champán, los futuros genocidas Osiris Villegas, Sánchez de Bustamante y López Aufranc. Por Dios y por la Patria.

Ahora es junio de 1966 y hace un frio de mil demonios en la Ciudad de Buenos Aires. El presidente cordobés Arturo Illia enumera en silencio las políticas progresistas de sus tres años de gobierno, mientras mira por la ventana de la Rosada. Afuera se agolpan los tanques Sherman y los colimbas en posición de combate. Llaman a la puerta de su despacho. Un pomposo oficial del arma de Caballería, que con los años devendría en empresario y fundador de la Ucedé dice con tono amenazante:

"Lo invito a retirarse. No me obligue a usar la violencia”.


Julio Alsogaray, vasco duro de 43 años hizo sacar a Illia a los empujones del despacho presidencial y le reservó el sillón de Rivadavia a su camarada Onganía. A cambio del favor Juan Carlos lo nombró jefe del Ejército y ubicó a su hermano mayor en la embajada de Estados Unidos. Como gesto de buena voluntad y prenda del respaldo que la derecha peronista brinda al nuevo presidente, Augusto "El Lobo" Vandor, asiste a la jura de Onganía. Contrasta con los uniformes y las sotanas su gastado estilo de sindicalista y peroncho clásico.

Sonreír le cuesta trabajo. No es de buen católico ni de hombre de bien. Juan Carlos Onganía ya no viste su guerrera militar de alamares floridos, ni su sable corvo, atributo de virilidad superlativa. Ahora es presidente y le aconsejaron usar saco y corbata. Su cabeza, sin embargo, continúa obsesionada en la lucha contra el marxismo, especialmente en su dimensión cultural.

Concibe un gobierno de larga duración para "velar por los valores espirituales y morales de la sociedad occidental y cristiana". Prohíbe películas, obras de teatro, clausura cines, diarios y revistas. Se organizan quemas de libros prohibidos y por supuesto, cubre con un manto de censura oficial cualquier alusión a la sexualidad. El pecado es delito y el delito es castigado con severidad. El desprecio por toda inquietud científica o intelectual llega al paroxismo durante La Noche de los Bastones Largos, una orgía de palos y sangre que fuerza al exilio a lo mejor de la intelectualidad nacional. Cristo parece vencer en este acto.

Su obra faraónica de transformación no tiene fecha, aunque se atreve a vaticinar cuando le preguntan cuánto piensa gobernar:

"Hay que pensar en un período como el transcurrido entre la Revolución de Mayo y la sanción de la Constitución Argentina, lo que es equivalentes a 43 años: quizás para 2013"

El recetario económico es de manual: el ministro Krieger Vasena congela salarios, se devalúa la moneda un 40%, cancela paritarias, se intervienen provincias, se disuelven sindicatos, se liberan restricciones a la importación, se benefician grupos extranjeros y se licitan obras a empresas de la oligarquía local. Al entreguismo del sindicalismo de la CGT Azopardo le surge un competidor mítico, la CGT de los Argentinos. Los generales se miran de reojo y susurran a la espalda almidonada del general Onganía.

Es 29 de Mayo de 1969. El acto final de esta obra de teatro destinada a durar mil años y que apenas duró tres. Los obreros combativos que rechazan el entreguismo de la derecha peronista y los estudiantes de la Federación Universitaria de Córdoba incendian el sueño gris y anodino del onganiato, que se desmorona por minutos.

Con su proyecto herido de muerte, cercado por opositores políticos, intrigado por los generales y comandantes aliados, fracasado en su delirante cosmovisión del mundo. Se derrumba y se hunde en las aguas oscuras de la historia reciente. Juan Carlos viste de uniforme sin insignias y deja su renuncia firmada en el edificio del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Nadie la recibe.

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Santiago Torrado

Periodista y fotógrafo. Edito, escribo y leo. No siempre en ese orden.

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