Algunas reflexiones sobre las PASO y 'las minorías'

Durante la campaña electoral y luego de las PASO se instaló cierta idea de que las políticas orientadas a las - mal llamadas- “minorías” representan un inconveniente para atender otras cuestiones que los electorados demandan, y sobre las que “los políticos” deberían trabajar. A pesar de todos los problemas que tiene el feminismo y sus enormes limitaciones, sobre las que personalmente discutí tantas veces, me parece que muchas cuestiones que logró conseguir no son negociables.

Por Guillermina Huarte |

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Los derechos adquiridos y por los que aún luchan “las minorías”, no son responsables del resultado de las PASO. La entrega de DNI a personas no binarias o que el “todes” forme parte del lenguaje de la campaña de algunos espacios políticos no obedece en lo más mínimo a las mismas causas de que la plata no alcance para ir al súper, como se pretendió justificar luego de las elecciones primarias. 

No es cierto que haya una relación entre el modelo económico que plantea el Gobierno nacional (principal causa de su derrota) y las conquistas que se dieron en el terreno civil para las mujeres y personas LGTB.

Aceptar esa acusación no sólo implicaría un grave retroceso, sino que además sería hacer un diagnóstico falso. Funciona más bien como una excusa para no mirar de frente los problemas reales que hicieron perder al oficialismo en las elecciones. A la vez, reforzaría la creencia de que la pérdida de bienestar que sufre la mayor parte de la población- hace décadas- es producto de la ampliación justa de derechos civiles. Creencia, por cierto, ampliamente difundida por grupos reaccionarios. 

Históricamente se argumentó en contra de la ampliación de derechos bajo la excusa de que “hay otras prioridades”. Son posiciones que parecen recuperar aquellos discursos comunes en corrientes de izquierda que, por ejemplo, apuntaban contra la homosexualidad por considerarla una “desviación burguesa”, o incluso una realidad experimentada sólo por las clases medias y altas. Bajo estos mismos argumentos se desestimó la opresión y la desigualdad de las mujeres, y por lo tanto, el combate contra esas condiciones. 

La lucha por una vida mejor para la mayoría de la sociedad no se contradice con la lucha por otras libertades y reconocimientos hacia personas que también forman parte de ella. Volver a plantearlo como una cuestión que se excluye me parece preocupante. 

¿Acaso si a la sociedad le molesta el matrimonio igualitario deberíamos renunciar a él? ¿Si es reacia al gobierno por el reconocimiento de la identidad de género deberíamos desistir de ese derecho? ¿Si se opone al aborto legal, seguro y gratuito, habría que volver a prohibirlo? Creo que no, y que de eso se trataron las luchas feministas y LGTB, que buscan ampliar derechos pero que también son motores de transformación social y cultural. Por eso también es importante que estos movimientos mantengan cierta autonomía y no sean subsumidos a las voluntades gubernamentales. 

Si el caso fuera que estamos frente a una sociedad supuestamente intolerante a estos avances, entonces no deberían ser los movimientos que luchan por éstos los que retrocedan. Hay muchísimas formas de transformar esos prejuicios. 

La verdad es que tampoco pretendo idealizar ni defender un movimiento que en sí mismo contiene grandes contradicciones sobre las cuales es importante reflexionar y señalar, a saber: su afianzamiento punitivista, esencialista, moralista y también reaccionario con la sexualidad. Pero aceptar dichos problemas no implica echar por tierra la defensa de causas justas. 

¿MINORÍAS?

¿Desde cuándo importa la “cifra” a las que afectan determinadas cuestiones? Considero que cuando una realidad es injusta no importa si lo es para diez, cien o miles de personas. Con un caso ya basta. 

El término minorías es cuestionable principalmente porque desconoce que en realidad “las minorías”, paradójicamente, forman parte de la gran mayoría de la población a la que hace décadas se empobrece, precariza y degrada la calidad de vida.  Que dicho sea de paso, tampoco se entiende si las mujeres están incluidas o no. Más bien, pareciera ser una palabra que más que señalar una cifra, minimiza sus problemas.  

En parte, esto sucede porque los propios movimientos feministas suelen ubicar estas problemáticas como un motivo identitario. Reafirma una gran contradicción que amarra a las personas a actuar, experimentar y pensar únicamente desde la identidad, como si no tuviese también un carácter de suma fragilidad. Este es un gran límite, puesto que imposibilita pensar los grupos sociales con mayor complejidad. Las luchas políticas pensadas desde esa posición tienen su reverso en la reproducción de esencialismos, al punto de que hoy se discute si una mujer o un varón se define por sus genitales. 

Me parece que la falta de articulación entre los conflictos alrededor del género y la sexualidad con otras formas de opresión produce una distancia cada vez mayor entre éstas cuestiones y otras igualmente importantes. En definitiva, nadie está por fuera de la clase social, el género, la sexualidad, la etnia, la raza. Son estructuras que nos involucran a todxs.

¿Acaso no es la población travesti-trans una de las más relegadas en esta sociedad? ¿No tiene que ver ser travesti con la expulsión sistemática del acceso a la educación, a la salud, al trabajo? ¿No hay relación entre esas condiciones y la expectativa de vida que no pasa los 40 años? Si no es claro todavía, ¿dónde está Tehuel de la Torre, desaparecido al ir a buscar un trabajo precario? ¿Acaso su desaparición no tiene que ver con lo que mencionamos antes? 

Como si no fuesen también las mujeres pobres a las que las desigualdades afectan más gravemente. Esta realidad se profundizó aún más con la pandemia. ¿No es desigualdad de género que las mujeres jóvenes tengan una tasa de desempleo mucho mayor a los varones? ¿No es también importante que la oferta laboral que hay para las mujeres sea el trabajo doméstico u otras tareas sumamente precarizadas?¿No se relaciona, acaso, con que el 70% de las familias monoparentales estén conformadas por mujeres? 

Por otra parte, la idea de que las lesbianas, gays, travestis, trans y no binaries sólo pertenecen a clases sociales más o menos acomodadas es absolutamente falsa,  y también es conservadora. Aporta al imaginario sobre el rechazo social que supuestamente hay en los “barrios populares”, en los que no existen debates en torno al género y a los derechos de las mujeres y personas LGTB. Ese imaginario que homogeneiza siempre al mismo grupo pero que parece afirmar que en las clases medias y altas aceptan y promueven todo lo que tiene que ver con ampliaciones civiles. 

Hace unos días el director de cine y escritor César González respondió en una entrevista con Alejandro Bercovich, a la nota publicada por Mayra Arena en Infobae. “Es muy importante todo lo que tiene que ver en materia civil. Que no se por qué llamarlas simbólicas. Para una persona travesti-trans no es simbólico acceder a su propio DNI. Le estás cambiando la vida concreta, real, no abstracta”, dijo. Estoy absolutamente de acuerdo con esta postura. 

Tener en cuenta todo lo anterior no implica desatender otras necesidades también prioritarias, y que en muchos casos se entrecruzan. Hay que saber diferenciar las críticas (muchísimas!) que hay para hacerle al feminismo con sus propios límites, sesgos y errores, a tomarla como algo totalmente descartable por las condiciones que impone el contexto. Porque eso también se puede transformar.

Y una cosa más, mientras el uso del “todes” molesta y se aprueban leyes, y tenemos Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad, aún hay realidades que no se modificaron. Mientras parece que en el Estado hay una vanguardia feminista, asume como jefe de gabinete una persona que obligó a parir a una niña de 11 años víctima de violación por parte de su abuelastro. Ahí también hay un problema, y no comparto que no se pueda cuestionar.

Hacer de estas conquistas el chivo expiatorio de los conflictos que atravesamos actualmente en el campo político, económico y social, no puede ser una opción

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Guillermina Huarte

Estudiante avanzada de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba. Redactora en Enfant Terrible y autora de numerosos artículos publicados en distintos medios.

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