En las cárceles también hay Orgullo

A un día de la marcha del orgullo nos preguntamos: ¿Quién se acuerda de las personas LGBT privadas de su libertad? En las cárceles, el orgullo también resiste. A continuación, un breve recorrido sobre la situación de la comunidad privada de su libertad.

Por Redacción Enfant Terrible |

🕒 6 minutos de lectura

Por Julia Pascolini para Enfant Terrible

En las cárceles de la provincia de Buenos Aires el orgullo se vive diferente. De más está decir (o no está nada de más) que ser marika, travesti o no binarie en las unidades de encierro punitivo, donde rigen lógicas patriarcales es más difícil que en el resto de la sociedad. No es que vayamos a hacer un ranking de víctimas, mucho menos un feminómetro/orgullómetro, pero sí existen hechos puntuales que ponen de manifiesto las dificultades de transitar el orgullo en el encierro punitivo.

Una vez escuché decir a un tachero que al violador hay que meterlo en cana y “meterle un palo por el orto”: si al violador hay que violarlo, ojo por ojo diente por diente. A una sociedad que se constituye desde el punitivismo hay que ofrecerle herramientas propositivas y no paralizantes. Existe una noción en relación a la cárcel que está fuertemente vinculada a la idea del castigo, y sí. Parece obvio lo que digo pero no lo es tanto. El castigo, en sí mismo, excede ampliamente las verdaderas competencias de las instituciones penitenciarias. “El único derecho que tiene privado la persona detenida es el derecho a la libertad ambulatoria” todo lo demás, es exceso de poder o excepciones que se adjudican otras personas privadas de la libertad patrocinadas, claro, por un sistema bastante perverso y punitivo. Sobre todo, un sistema que busca “ordenar lo desordenado”, por qué no: apaciguar la subversión (corporal, simbólica, etcétera).

“Siempre te hacen sacar la ropa de arriba y bajar los pantalones, pero dos veces a la vuelta de visita me ‘verduguearon’ mal. Nos hicieron desnudar a todos, ponernos de espaldas, manos arriba, abrir las piernas. Yo tardé un poco y me gritaban ‘dale, putito, ponete en culo’” o “En la requisa hay hombres. Te tenés que poner desnuda delante de los hombres. Si estás menstruando, te hacen desnudar igual. Te hacen agachar, te hacen toser. Yo le digo [al agente de Requisa] que voy a manchar el piso y me dice ‘después limpialo’”. Por si no bastaba con la condena social que trae consigo el encierro, ser mujer o de la diversidad trae otros obstáculos y violencias. Los anteriores son fragmentos de denuncias hechas a la Procuración Penitenciaria de la Nación y publicadas en 2017.

Todo esto que parece alejarse mucho del título de esta nota, es el pretexto para explicar por qué las cuestiones de género son muy difíciles de abordar en los ámbitos carcelarios. Y por qué, consecuentemente, el orgullo no cobra la visibilidad que sí adquiere en otros espacios de la sociedad. Un sin fin de hechos que construyen la sociedad que conocemos: patriarcal y arraigada a la cultura de la violación. No por nada las masculinidades trans y varones trans están alojados en cárceles de mujeres.

Entre 2018 y 2019, en la Provincia de Buenos Aires había alrededor de 94 mujeres trans y travestis privadas de la libertad en las unidades de Batán, Sierra Chica y Florencio Varela. Al mismo tiempo se contabilizaron aproximadamente 44 mujeres trans y travestis en unidades federales. Esos datos fueron recabados por la organización OTRANS. Pero tuvo que llegar el 2015 para que las personas trans fueran incluidas en los registros del SNEEP (Sistema Nacional de Estadísticas Ejecución de la Pena), es decir, los “oficiales”.

En 2015 se registraron 33 personas privadas de la libertad y en 2016: 63. Prácticamente el doble. Coincide con la asunción del entonces nuevo gobierno, presidido por Mauricio Macri. El mismo aumentó las políticas de (in)seguridad, tanto que duplicó el número de mujeres trans y travestis encarceladas. En la mayoría de los casos se trató (y trata) de causas por “narcomenudeo” o tenencia de estupefacientes. De más está aclarar que la criminalización de esa población, sin tener en cuenta sus condiciones socioambientales y de trayectoria de vida, deja por fuera la posibilidad de un análisis más amigable. Una sociedad paralela en la cual la canción “señora, señor, no sea indiferente, se mata a las travestis en la cara de la gente”, no tendría ninguna vigencia.

Al momento de su detención, el 55% de las mujeres trans y travestis no tenían profesión ni oficio formal. Sólo el 19% tenía el secundario completo, 30% secundario incompleto y un 6% la primaria incompleta. Son datos similares a los que presenta el resto de la población carcelaria. En definitiva, la educación es un derecho humano al que una parte muy grande de la sociedad accede de forma fragmentaria.

En 2020 según datos del mismo organismo hubieron 12 mujeres trans y 6 varones trans en Unidades Penitenciarias Federales Mientras que en la Provincia de Buenos Aires sólo hubieron 73 mujeres trans. Pero los mismos no dan cuenta de otras cuestiones más allá del género. La interseccionalidad, en este sentido, se refiere a ese cruce de datos que tanto necesitamos. Hay que celebrar que los organismos oficiales dan cuenta de cuántas personas trans y travestis están privadas de su libertad, pero además, es necesario conocer las condiciones específicas de su alojamiento para crear políticas públicas concretas.

En 2017 tres mujeres trans (Pamela Macedo Panduro, Angie Velázquez Ramírez y Damaris Becerra Jurado) perdieron su vida en manos del Estado. Estaban alojadas en la Unidad 32 de Florencio Varela. Otra (Brandi Bardales Sangama), perdió su vida en el Hospital San Martin, también en manos del Estado, luego de un violento allanamiento a su hogar.

¿Quién visita a las travestis y a las personas LGBT?

Las visitas, también se ordenan según cuestiones de género. Mientras que los varones reciben visitas de forma frecuente, las mujeres lo hacen menos y así sucesivamente. Los varones reciben la visita de sus esposas, compañeras, parejas, amigas, hermanas, madres, hijes. Las mujeres, en cambio, suelen ser excluidas del entorno familiar una vez encarceladas. Básicamente se trata de la reproducción de las lógicas de cuidado que vemos en cualquier “hogar”: Las feminidades que todo lo pueden y todo lo cuidan. En las unidades de varones las colas de mujeres esperando para visitar a su pareja, hijo o hermano son extensas. En el resto brillan por su ausencia. No hay mujeres (y mucho menos varones) visitándolas. ¿Cuál imaginan que es la realidad de las personas LGBT?

Si ponemos en consideración los índices de vida y mortalidad de las personas trans y travestis, podemos ver que el Estado estuvo muy lejos de aquellas mayores de 30 años (Lohana Berkins denunció en reiteradas oportunidades, antes de su muerte, que las travestis vivían tan solo 30 o 40 años). Sin embargo, las más jóvenes, las que se criaron con la Ley de Identidad de Género, por ejemplo, tuvieron acceso a derechos históricamente negados. De todas formas, la realidad de las personas LGBT sigue siendo, muchas veces, de abandono familiar y de salidas precarizadas de trabajo que exponen su vida, por ejemplo, a la posibilidad del encierro punitivo.

Este es un primer acercamiento de muchos, a la temática de las personas LGBT en el universo carcelario. Ahora bien, no todo es pena. Al contrario. También hay organización popular dentro de las cárceles. Hay centros de estudiantes que contienen a la diversidad. Inclusive, se llevaron adelante talleres de Género y Masculinidades junto con estudiantes universitaries de la Unidad 9 (varones), Florencio Varela (Varones), Olmos (Varones), 33 (mujeres y madres con hijes), 8 (mujeres y diversidades), entre otras, en la cual supieron generar diálogos entre les diferentes oradores en pos de generar una cárcel más igualitaria y respetuosa.

En este sentido, muchas veces es el propio sistema penitenciario el que hace perdurar prácticas violentas contra los cuerpos no hetero cis normados y no las personas privadas de la libertad que, aunque muches no puedan creerlo, son parte de la misma sociedad y por ende, están planteando las mismas discusiones. Se preguntan por el género, por su acceso a derechos humanos básicos, por el reconocimiento de sus identidades autopercibidas, por su derecho a la educación, etcétera.

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