El día de ayer el movimiento feminista del país volvió a ser protagonista en las calles. Realizando el 3° Paro Nacional de Mujeres, Lesbianas, Trans y Travestis tras el fallo del caso de Lucía Pérez que dejó impunes a los responsables de su femicidio.

En la ciudad de Córdoba la movilización partió de Colón y Gral. Paz hasta el Palacio de la (in) justicia. Una vez más, la marea feminista nos encontró entre lágrimas y abrazos, pero también con bronca, mucha bronca. Con un recorrido que rompió la cotidianidad de las marchas y por las calles angostas juntó cuerpos y voces. 

Al llegar a las escalinatas del Palacio de (in) justicia, una intervención interpeló e irrumpió con fuerza, se llevó la atención de todas las cámaras y las miradas. Un grupo de pibas desnudas adentro de bolsas de plástico con pintura roja. Dejando medio en silencio, medio en enojo, medio en angustia al pensamiento.

Hace dos años, en octubre de 2016, la noticia del femicidio de Lucía y los terribles detalles del caso, impulsó el 1° Paro de Mujeres, Lesbianas, Trans y Travestis, generando así una nueva medida de fuerza ejecutada por el movimiento feminista argentino, que mostró así una maduración política indiscutible. Buscando nuevas formas de exigir una vida en que las mujeres, las lesbianas, las travestis, las trans y las personas no binarias, no se base en el miedo, en la violencia y en la muerte. 

A pesar de la inmensa construcción del feminismo, la justicia parece no prestarle atención y su actuación parece un chiste. Bajo el argumento de no haber encontrado pruebas que confirmen el abuso sexual seguido de femicidio, bajo el argumento de que los muchachos le compraron una cindor, o bajo el argumento de que ella fumaba porro y se lo compró a los acusados, se decidió entonces, que la sentencia es por drogas y no por femicidas. El fallo fue firmado por Pablo Viñas, Facundo Gómez Urso y Aldo Carnevale, tres varones que sentenciaron la impunidad de la violencia machista que estructura nuestra sociedad, violando así los derechos humanos de las mujeres. 

En los últimos días las redes sociales y los medios de comunicación saturaron el caso del “hijo de la fiscal”, Rodrigo Eguillor, quien fue denunciado por abuso. Este caso viralizado, que por momentos se torna chistoso y sirve como fenómeno de las redes que entretiene al público. La realidad es, que la mayoría de los femicidas y violadores son construidos como monstruos, bajo estereotipos racistas y clasistas. Este caso, desmonta esa ficción y pone sobre la mesa que los que ejercen violencia sobre las mujeres, las lesbianas, las travas, las trans y las personas no binaries, están amparados por una gran estructura social y cultural que los apaña, los defiende y los reproduce. Este es otro caso que desnuda la impunidad con la que actúa un varón heterosexual blanco porteño cheto, y encima hijo de una persona que trabaja en la (in) justicia. 

No son casos aislados, no son enfermos. Son hijos sanos del patriarcado gozando todos los amparos que les brinda la justicia y la sociedad. Sin embargo, si hay algo que el movimiento feminista construye, es esperanza, y no en un sentido banalizado y vacío, sino que la construye porque invita a luchar, invita a construir e invita a cambiarlo todo. Porque en los últimos años la tensión social que generó el feminismo, fue y es motor de lucha. Fue el 3 de junio de 2015 con el primer “ni una menos”, fue el 19 de octubre de 2016 con el 1° paro, fueron los 33 Encuentros Nacionales de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis y no binaries, fue la media sanción en Cámara de Diputados, fue la vigilia de miles y miles de pibxs en la calle el 8 de agosto, fue estandarte de lucha contra el G20, y ayer, nuevamente inundó las calles del país en total repudio al fallo del caso de Lucía. 

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Guillermina Huarte

Estudiante de eso que le llaman comunicación social. Lesbiana y feminista con orgullo. Pelea con facilidad. Quisiera que sea verano todo el año. Desconfía y reniega de la astrología.
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