No hay tribunal para el dolor

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de Diego Armando Maradona. Alexandra Kohan y Guillermina Huarte reflexionan sobre algunos debates que desató hacia y entre los feminismos, el duelo popular por Maradona, y la posterior pretensión de clausurar esos dolores en nombre del feminismo. Este acontecimiento erosionó algunas posiciones que parecían sólidas y permitió profundizar sobre encuentros y desencuentros que conforman los feminismos.

Por Redacción Enfant Terrible |

🕒 8 minutos de lectura

*Por Alexandra Kohan y Guillermina Huarte

«El silencio no es tiempo perdido»
Soda Stereo.

El 25 de noviembre de 2020 muere Diego Armando Maradona. Luego del anuncio, que fue un impacto, hubo silencio. Las calles de las ciudades se silenciaron, casi como cuando se declaró la cuarentena el 20 de marzo de 2020. Ese silencio, que fue el silencio de la suspensión del mundo, ahora un mundo sin Diego Armando Maradona, no duró demasiado. Existieron, sin embargo, distintos modos de romperlo, porque no todos los silencios se interrumpen de la misma manera

La presencia de los cuerpos en la calle, en ese funeral improvisado, tropezado, insuficiente para contener tanto dolor, tanta conmoción, fue uno de esos modos. La presencia de los cuerpos en las calles para despedirse del cuerpo, de ese cuerpo, de esos cuerpos llamados Diego Armando Maradona, fue un modo de romper el silencio de las calles. El silencio del impacto de la noticia de la muerte de Diego Armando Maradona se rompía, así, con el silencio de los cuerpos conmovidos, estupefactos, golpeados, abatidos, espeluznados, inquietos, desorientados.  

Ilustración: Baio

Los silencios también pueden romperse poniendo en juego un decir, un decir que no es sin silencio, un decir que cuenta con el silencio. Un decir que no es ruidoso, un decir que hace que haya menos oscuridad (“Tía háblame, tengo miedo/Pero de qué te sirve si no puedes verme/Hay más luz cuando alguien habla”, ejemplifica Freud). Y entonces las redes sociales se llenaron de decires dolorosos, de palabras que apuntaban a una comunión de dolor —porque las redes sociales son muchas cosas, y también son un lugar en el que se puede compartir el dolor—, de recuerdos de lo que Diego Armando Maradona había hecho en la vida de cada uno de nosotros, videos inolvidables que habían sido olvidados, palabras, palabras, palabras. Esas palabras fueron poniendo un poquito de luz en la oscuridad que se nos había venido encima de golpe. Porque la muerte de Diego Armando Maradona no solo fue un impacto meteórico, sino un eclipse total y absoluto. 

Otro modo de romper el silencio es haciendo ruido, aturdiendo, arrasándolo todo por medio de la estridencia, de los gritos. Y es en ese ruido, que fue y sigue siendo mucho, en el que queremos detenernos para pensar cuestiones que exceden el acontecimiento de la muerte Maradona. 

Hubo quienes se posicionaron en el lugar de perros guardianes y, en una lógica de troll, salieron a interceptar ese dolor con la vehemencia y la estridencia de quien se cree a salvo de todo mal, que no pudieron parar de denunciar todo ese mal que, para ellas, encarnaba Diego Armando Maradona y, por extensión, todos aquellos que sentimos dolor por su pérdida. Esas personas se vieron obligadas a interrumpir el silencio del dolor por medio de denuncias ruidosas de lo que para ellas era LA verdad, la única. Allí pusieron en juego una enunciación, un tanto hostil, desde la que parecía decirse que estar dolidos por la muerte de Maradona nos hacía cómplices, prácticamente, de los peores crímenes. El paroxismo de la policía moral fueron los comentarios que se hicieron en el Instagram de las Abuelas de Plaza de Mayo, que había publicado una foto de Maradona: “no es por ahí, abuelas”. 

La pregunta que a partir de ese momento se nos empezó a plantear es: ¿qué le pasa a cierto sector del autoproclamado feminismo que no puede hacer silencio frente al dolor popular? ¿Qué necesidad imperiosa, acaso obligatoria, les impide hacer silencio y no poder dejar de gritar? “No nos callamos más” es una consigna que se vuelve, en esta instancia, un “no podemos parar de no callarnos”, es decir, un imperativo al que se le debe obediencia, la obediencia de ser, todo el tiempo, una buena feminista. Por otro lado, una parte considerable de referentes feministas también rompieron el silencio, aunque para decirnos lo contrario: que se puede ser feminista y llorar la muerte de Diego Armando Maradona. No notamos demasiada diferencia entre una posición y otra. De lo que se trata es de romper con la suposición de que el feminismo debe establecerse como un tribunal superior, como un lugar desde el cual se enuncian los buenos o malos modos de atravesar un acontecimiento semejante; se trata de no hacer del feminismo una iglesia, ni una comisaría, ni un juzgado. ¿Por qué el feminismo debe estar por encima de todo y dictar sentencias —cuasi papales— acerca de todos los acontecimientos sociales? ¿Cómo es que se erige en una especie de tribunal, de GPS de la moral y las buenas costumbres? ¿Qué pasa con los feminismos que terminan siendo la reserva moral desde la que se establece si está bien o está mal llorar por alguien? ¿Acaso no se puede advertir que el dolor suspende la moral, que el dolor es involuntario, que invade el cuerpo incluso sorprendiéndonos? ¿Acaso no se puede soportar el silencio del dolor sin verse obligados a pronunciarse? Llorar a Diego Armando Maradona no implica consentir cada una de sus vidas, no implica santificarlo, no implica sacralizarlo. Llorar a Diego Armando Maradona no es desconocer sus agujeros, sus tropiezos. Llorar a Diego Armando Maradona implica que esos agujeros tampoco van a estar más ahí. Esos agujeros en los que muchos encontraban un lugar para refugiarse. Porque Diego Armando Maradona también era un refugio. 

No se trata, entonces, de que quienes denuncian que “está mal llorar a Diego Armando Maradona” entiendan el dolor, porque eso es imposible. Se trata de que no le vomiten encima. Hacer silencio no es no hablar, sino no verse obligados a decir algo. Notamos que esa gente no puede parar de hablar y de pronunciarse, no puede parar de levantar el dedo, no puede parar de vigilar, de vigilantear, no puede parar de creerse a salvo de todo. 

Es muy obsceno y muy fuera de lugar que se opine sobre el amor que alguien elige, sobre los modos en que alguien vive un duelo. No consideramos que las categorías morales de correcto/incorrecto o bueno/malo puedan ser aplicadas al dolor. 

Nos parece que hay, en algunos, una gran necesidad de asegurarse todo el tiempo un pisar firme, de asegurarse de que es mejor caminar erguidos y no tropezar. Pero, sobre todo, que se ven obligados a expresarle al mundo a los gritos que ellos están del lado del bien. Trabajan incansablemente para sostenerse en un deber ser, propio y de los demás. Pero entendemos que ese garrote con el que le pegan al mundo es el mismo que recae sobre ellos. La reformulación que hace Florencia Angilletta en el artículo Diego no es de nadie nos parece pertinente: no se trata de preguntarnos si se puede ser feminista y querer a Diego, sino de si se puede ser policía y ser feminista. Pero, agreguemos, tampoco se trata de ser policía buena. 

Creemos que no es posible separar estas reacciones de repudio hacia quienes, de alguna u otra manera, reivindicaron a Maradona, de un contexto en el que la cancelación y el punitivismo son los pilares sobre los cuales se apoyan algunos feminismos, y que empalman directamente con prácticas que buscan moralizar, sancionar, cancelar, o castigar lo que se considera que está mal o que es poco feminista. 

Las acciones basadas en esas lógicas se volvieron algo habitual. Los boicots que se montan para cancelar, e incluso censurar, a personas y obras son una prueba de ello. De esta manera se refuerzan perspectivas esencialistas y victimistas, perspectivas que suponen que a las mujeres y a las disidencias sexuales hay que abrirles los ojos e indicarles por dónde ir para evitar situaciones que puedan atentar contra su propia integridad. 

En ese marco, la pretensión de “revisar” de manera permanente espacios, figuras, mitos e íconos “con lentes feministas”, empalma con ideologías explícitamente conservadoras que en la actualidad parecen encontrar sostén en algunas formas del feminismo. El crecimiento de las tendencias del feminismo radical y TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) es un signo que no deberíamos pasar por alto. Estas tendencias conciben a las mujeres como una clase oprimida, argumentando que esa opresión radica en la dominación sexual de los varones sobre las mujeres. Reconocen únicamente dos géneros, mujeres y varones, que coinciden con los “sexos biológicos”. Consideran que la opresión de género afecta solamente a las mujeres y, apelando a discursos de odio, excluyen a quienes ejercen el trabajo sexual y niegan la identidad de las personas trans y travestis. Pierden de vista la existencia de otros factores que estructuran de manera desigual nuestras sociedades.

Estas posturas parecen incidir con mayor fuerza entre adolescentes y jóvenes. Tal vez de aquí provenga esa falta de perspectiva histórica, que se aprecia en el comentario a las Abuelas que mencionamos, pero que también se expresa en la incapacidad para comprender lo que significó la existencia de Maradona en un momento político marcado por la última dictadura cívico-militar en Argentina, por la Guerra de Malvinas y por el hambre: “Lloran a un tipo que hizo dos goles”, “lo quieren porque jugaba bien a la pelota”, “lloran porque ganó un mundial”. En ese procedimiento, con esas frases, se borra por completo lo que Diego significó para muchísimas personas —incluidas mujeres, lesbianas, travestis, trans y maricas, y no únicamente para los varones—especialmente en Argentina y en Nápoles, pero también en el resto del mundo. 

Basta revisar los testimonios que pudieron escucharse durante la jornada que siguió a su muerte: “¿Sabés la felicidad que nos dio a los pobres? No te imaginas. Ni para comer teníamos, y él te hacía feliz”, responde con lágrimas en los ojos un hombre ante las cámaras, haciéndose eco de una de las emblemáticas canciones dedicadas al Diego: “fue la alegría del pueblo, regó de gloria este suelo”. “Orgullosas nosotras de él, porque fue muy buena persona y no podemos creer”, comenta una vecina de Fiorito antes de ser interrumpida por el llanto que no logra contener. “Ese Diego quiero recordar y despedir: el que ocupa un lugar en lo más sagrado de la memoria popular argentina y en nuestros corazones. ¿Por ser travesti y feminista no puedo llorar al Diez? ¡Por favor! Déjenme llorarlo en paz” escribió Flor de la V para despedirlo, y contar, además, que él fue el primero en llamarla para felicitarla tras haber logrado el cambio de identidad en su DNI. Al otro lado del océano, en Nápoles, una anciana dice que al “amor del pueblo nadie lo puede parar”, antes de que otro napolitano agregue que Maradona “lo ha sido todo”. No hace falta agudizar mucho el oído para escuchar, en estas pocas frases escogidas al azar entre un conjunto probablemente innumerable, algo que excede en mucho cualquier elogio de la destreza técnica en el deporte. Para muchos y para muchas, la muerte del Diego el 25 de noviembre representa el cierre de toda una época.

Pero acaso tenga también un sentido para el desarrollo histórico del feminismo. Ante lo desbordante e incontenible de esta pérdida, muchas personas y sectores parecen haberse visto obligados a revisar cierto acuerdo, más o menos espontáneo, con las lógicas de la cancelación y el punitivismo que afianzan el vínculo entre sectores del movimiento feminista y las ideologías conservadoras. Éstas ciertamente siguen operando, pero la ausencia del Diego parece haber dejado a la vista un agujero, como si las distintas formas que asume su falta recorrieran este tejido rígido de prácticas y discursos para hacer que ahora sea este el que tropieza, vacila y se contradice, anunciando que todavía hay un espacio para seguir pensando esta lucha que, dada su pretensión emancipadora, pueda ser capaz de alojar el dolor de los otros. 

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