Una respuesta feminista a la columna de la escritora Pola Oloxiarac contra  la candidata a legisladora Ofelia Fernández, y los peligros de pretender cancelar el debate feminista en literatura.

Por Alexia Varnavoglou, escritora y militante feminista para Enfant Terrible

Probablemente lo mejor sería no destinar ni un minuto más a este tema y dedicarme a leer y a trabajar en mi propia escritura, ya que como siempre el tiempo es escaso para hacerlo. Pero no puedo porque en primer lugar, precisamente algo de la posibilidad de habilitarme como mujer a escribir, a hacer literatura, es lo que se vulnera con editoriales como la de la escritora Pola Oloixarac en diario PERFIL el pasado domingo (Operación Cancelar
Respondo también como militante feminista. Tengo aún atragantados algunos pasajes de la nota que la escritora dedica a los dichos (“polémicos” quizás, más bien “desacatados”) de la militante y candidata a legisladora porteña Ofelia Fernández.

En segundo lugar, porque viniendo de una escritora mujer este hecho me entristece. Una prosista cuya obra dejó de ser ridiculizada gracias al feminismo. Si ahora la criticamos es por arribista y macrista, no por “ser muy puta escribiendo” como se decía en su momento. De ninguna sorpresa es que este personaje bizarro de la literatura porteña opere para el poder y se burle de las luchas feministas, el lenguaje inclusivo y como hace aquí, se ensañe con la candidata a legisladora porteña más joven de Argentina, y además, la primera incontestablemente feminista.

La nota es repudiable de plano en muchísimos aspectos pero también dio qué hablar. Me gustaría hacer hincapié en el vector sexista de la nota, que lejos de reducirse a una réplica meramente retórica a los dichos de Ofelia, es lo que vehiculiza todo el planteo de la columna. Ese sexismo también se proyectará sobre su crítica cultural y su posición literaria, es más, en la nota se pasa de una cosa a la otra en el mismo párrafo.

Pero empecemos por Ofelia Fernández. A la joven candidata se la estigmatiza desde que hizo sus primeras apariciones públicas en las tomas de la Escuela de Comercio Carlos Pellegrini como presidenta del centro de estudiantes, muchos años antes de la ola verde. De hecho esta estigmatización pudo ser constitutiva de su popularidad, pero lejos de victimizarse ella siempre respondió a esos ataques con altura política, con irreverencia. A su cuerpo se lo estigmatiza, por su edad, su altura, su forma, su voz irritante y gritona.

“Chiquita” como insulto por ser joven, tratando así de disminuirla pero también, por atreverse a crecer en política. Más allá de las diferencias políticas que pueda tener con Ofelia Fernández y su espacio, su candidatura me entusiasma como hecho político dado que es un cargo desde el cual todas las feministas argentinas nos encargaremos de que cumpla la función de bregar en las instituciones por conquistar las históricas luchas del feminismo, como la legalización del aborto. Esto, por la clase social pero sobre todo debido a la clase política a la que pertenece Pola no interpela a la escritora, situada a años luz de la realidad cotidiana de los  abortos clandestinos.


Si bien estos ataques no son nuevos, gran parte de los agravios a Ofelia Fernández se agudizaron y persisten especialmente durante su campaña como legisladora porteña ¿Quién hubiera pensado que la que le respondió “chiquita no me digás” a Eduardo Feinmann ahora estaría disputando un cargo en la “política grande”, es decir la política de los varones?

Como un Feinmann con pollera y cartera Louis Vuitton, Pola Oloixarac construye otra vez sobre el discurso de la militante las siguientes frases: “Ofelia revitaliza el tropo marxista de la lucha de clases acercándolo a la inmediatez de su bombacha: nos invita a pensar que hay una pulsión sexual insatisfecha en el statu quo, y que el fragor por la revolución venidera es lo único que podría excitar a la joven Ofelia”

Es curiosa la combinación de macartismo (se referirá luego a la revolución “como histeria colectiva”) y freudianismo misógino en esta frase. Oloxiarac no se retira del cuerpo de Ofelia sin antes inducir al lector y a todo el arco imaginario de votantes a una fantasía violatoria como medio para deslegitimar el apoyo a su candidatura: “Según esa imagen, votar a Ofelia es una invitación a complacerla sexualmente, preparándola para un coito exitoso.” Magistrales lineas de odio de una escritora que apoya a Cambiemos.

Pero lo peor, lo que es quizás más importante o al menos lo que como escritora y feminista más me incumbe, viene después: tergiversando nuestro lema feminista dice que para la candidata “lo personal es político y lo político es genital”. Me gustaría para responder revivirla a Kate Millet, feminista estadounidense a quien con más seguridad se le atribuye esa frase. En su libro más famoso, Política Sexual (1969), dedicó un extenso capítulo a desentrañar las obras de H.D Lawrence, Henry Miller, Norman Mailer y Jean Genet. Analizando sus novelas y obra dramatúrgica, ejerciendo de forma pionera una crítica literaria feminista, describe o simplemente muestra -realmente en su recorrido la tesis se autoexplica: son evidentes, entonces y ahora, en su misoginia- pasajes que encarnarían ciertas políticas sexuales contra el género de las mujeres. Pasajes literales donde estos escritores reducen a las mujeres (supuestas musas inequívocas de sus placeres) a la carne, a ser denigradas en su humanidad, también violadas, una y otra vez. Dedica esta investigación al campo de la literatura por la capacidad de este discurso de vehiculizar sentidos y de hacerlos pasar como sentido común, como “mera literatura”. No lo es.

Millet le pone nombre por primera vez a eso: se trata de machismo, de un tipo de política patriarcal. Gracias a aportes teóricos como estos, es que yo digo, muchas decimos: es machismo, y la literatura que hacen estos escritores es machista. Esta literatura no tiene ya nada que ver con nuestro mundo simbólico. No le habla y además denigra a más de la mitad de la población. Entonces ¿para qué seguir leyéndola y reivindicándola? No nos interesa. Y lo que en verdad molesta: no queremos que interese más a nadie. Queremos que la literatura sea un espacio de disputa de otros sentidos, ya no de estos.

¿Podrá Pola hacerse de un ejemplar de Sexual Politics en alguna librería neoyorquina? Le hubiese venido al dedillo para la escritura de Mona, si es que esa era precisamente la idea que la guía ¿o será que en realidad lo que pretende Oloxiarac es convertirse en un escritor tan misógino como los antes nombrados? 

Allá ella en sus búsquedas y las poco interesantes hipótesis de lectura que tenga sobre cualquier tema. No voy a criticarla por eso, pero sí voy a sostener que indicar lo peligroso de su discurso no tiene nada que ver con un conservadurismo estético o “mojigatez” literaria. Y que meter por la ventana ese debate, enmarcado en la agresión a una feminista, es sucio y desordenado.

La Policía Cultural y el machismo literario

En el único párrafo donde pareciera hablar en serio, Oloxiarac cita eruditamente a René Girard (su primera novela no nos deja olvidar que fue una eximia estudiante de Puán): “René Girard analiza el deseo mimético o la envidia, la pasión que articula el capitalismo actual, basado en la vigilancia de unos a otros. A la policía de carne ya no le interesa lo que ves, likeás ni lo que firmás; pero a la policía cultural que te observa en la oscuridad sí, y su jactancia es poder usarlo en tu contra. Cancelar es el intento de suprimir a quien se envidia para sacarlo de circulación: el nuevo parricidio es el ostracismo.”

Quisiera solamente limitarme a destacar los riesgos que el término “policía cultural” puede tener a la hora de encarar ciertos debates que escritoras feministas hemos dado en el ámbito de la literatura:
¿Criticamos la literatura que expresa sentidos machistas, homolesbotrans odiantes? Policía cultural.
¿Creemos insostenible que un editor que ejerció violencia sea miembro de un jurado literario de escritores jóvenes? Policía cultural.
¿Creemos que es necesario disputar el canon -masculino- con nuevas obras escritas por otros sujetos y desde perspectiva feminista? ¿Le damos un valor intrínseco a eso -el cual no garantiza en absoluto su éxito literario-? Policía cultural.

Esta línea de pensamiento ya está teniendo efectos concretos. En una reseña al último libro de Ariana Harwicz (Degenerado que gira en torno a la historia de un pedófilo http://bit.ly/2SVO0k9 ), esta escritora que, no está de más decirlo, por su tono y su voz literaria considero arriesgada y singular en términos estéticos y justísima y profunda en retrato de la opresión de género; el reconocido crítico literario Martín Kohan reproduce este mismo sentido. Abordando el libro como si el problema no fuera acaso la cultura de la violación sino en cambio “la represión sexual”, al que, según él las feministas contribuimos, desmiente y califica de “cortejo no exitoso” una denuncia por acoso realizada por una escritora (sí, también joven) a un editor acompañada por más de 700 firmas y dice que quienes avalamos los escraches a escritores ejercemos “moralinas de contención monacal” . Me refiero al repudio realizado al editor Damian Ríos como jurado de la Bienal de Arte Joven 2019.

Crítico literario Martín Kohan

Esto que nosotras llamamos estrategias de supervivencia en el ámbito de la literatura, Oloxoriac y Kohan (quienes compartieron en 2012 aquel “viaje literario” en el LLAO LLAO en donde Pola interpretó su famosa “Bossa Peronista”) lo consideran “cancelación”. Reducción de la crítica literaria a una crítica moral sobre los sujetos que la escriben y sobre el contenido (que si lo criticamos estamos, según ellos, automáticamente reprimiendo el debate al respecto) de lo que se escribe.

Despatriarcar la literatura sin censura

Personalmente disto de pensar que literatura y ética estén disociadas, tampoco así con vida y obra, si bien su relaciones no son fáciles ni inmediatas. Sin embargo estas escisiones son operaciones típicas del pensamiento liberal o de derecha, del mismo modo que desvinculan desigualdad social de la producción de riqueza.
No le pido coherencia taxativa a nadie, menos a alguien que trabaja con las aguas confusas de la ficción y lo imaginario, pero si algo ha hecho el feminismo en la literatura es politizar ese discurso, sacarlo de la esfera de la “imaginación privada” de unx autorx individual, mostrar que hay una responsabilidad en lo que se dice y se publica.

Entonces ¿no es válido, no estamos capacitadxs ya para hacernos responsables, más aún en la era de la espectacularización de la intimidad, de qué cosas contribuyen y cuáles no a la literatura que consideramos valiosa? Y como problema especial ¿a contribuir a una literatura no sexista? Podemos discutir qué es para cada quien esto último. Pero no es menos moral su afrenta, su reacción frente al supuesto bozal feminista que nuestra forma de hacer literatura y de militar nuestro espacio en ella ejerce.

El machismo es eminentemente moral y asquerosamente puritano respecto del cuerpo de las mujeres, ncluso para dar valor a nuestras obras lo instrumenta de forma extractiva: ¿qué usos y abusos se está ejerciendo sobre los cátalogos editoriales poblados de “nuevas voces femeninas”? ¿Qué decimos de los best sellers con historias de mujeres, contadas a lo Bonelli pero con personajes exhorbitantemente empoderados? Nos muestran heroicas, combativas, proyectan una imagen espectacular de nuestra propia lucha y existencia que no solo dista de lo real sino que construyen un nuevo estereotipo. Más carne (teñida de feminista) para el mercado editorial. Estos temas sería más interesante discutir.

Los feminismos, las literaturas, las políticas

Otro es el debate sobre las políticas de legitimación en medios digitales, los likes y repost que valen más que una reseña o una crítica literaria. Eso es un problema legítimo, soy de la visión de generar nuevas formas de valoración artística para evitar que la masificación y popularización de ciertos contenidos literarios que no constituyen obra se autolegitimen, que se reduzca su valor literario al éxito de cómo circulan. Pero una y otra cosa no están necesariamente conectadas. De todos los poetas de instagram la que esta al menos en nuestro país más en la mira de las críticas es Elvia Sastre, por ser mujer y por ser joven. Esto pasa desde siempre, a través de otros formatos y medios de circulación, sin embargo no es un problema nuevo, y cómo lo trata Pola tampoco es novedoso.

Nosotras no tenemos ningún problema en que critiquen nuestros libros, el desafío sería hacerlo sin criticarnos primero a nosotras (pero para hablar de cualquier cosa hecha por mujeres los límites de la intimidad siempre parecen más angostos…), más crítica a nuestras novelas, ¡si quieren critiquen hasta como cortamos los versos! Similar operación se perpetra en criticar a Ofelia por sus dichos y no por las consignas de su campaña. ¿Cuál es entonces el recelo, la acusación de censura por intentar ejercer una crítica feminista de la literatura? Ser feminista o antiracista en literatura, más que atraer fama, sigue siendo un lugar incómodo y difícil desde donde alzar nuestras voces. Aún hoy. Y este tipo de notas son una clara demostración de eso.

En algo se equivoca Ofelia y es como contrapartida, el punto fuerte de Polamientras a nosotras la burguesía nos seca la concha, es muy hábil para pararles la pija a los varones poderosos.
En su nota, Oloxariac ejerce un magistral “erotismo de la maldad” para el público no feminista. Su escritura misma es una muestra de ello: decir forradas sensualmente, sosteniendo el goce del discurso hegemónico sobre la escritura y existencia disidente, sobre lxs que desean distinto, sobre lxs que nos calienta otra cosa en la literatura y en la política. Y sí, queremos escribir, militar y coger por todo lo que no nos dejaron. Sí, queremos revolucionar la política y la literatura, y si ello implica en nuestro camino desautorizar a los patriarcas literarios y a los vetustos dirigentes del partido lo haremos. Vivimos canceladas demasiado tiempo en las cárceles mentales como decía Pizarnik– de nuestros propios y ajenos demonios para que vos vengas decirnos esto. Sí, cancelamos el machismo para dejar de cancelarnos a nosotras, ¿cuál es tu problema con eso, Pola?

¡Compartílo en las redes!

Santiago Torrado

Menorquín en Argentina. Fotógrafx documental. Discuto política a los gritos y tengo un perro que se llama Lupo.
Cerrar