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Foto: Adriana Lestido

Vivir lo innombrable y transmitirlo a tus seres más cercanos: el trauma persiste más allá de los cuerpos.

El trauma, entendido como trauma psicológico, debe ser una de las palabras más banalizadas de la cultura psicologizada de Argentina. La mayoría tiene el preconcepto de algo impactante o cierta incapacidad para responder ante ciertas situaciones, pero la verdad es que es un fenómeno mucho más potente del que suele verse retratado.

Un trauma es un daño, lisa y llanamente. Un trauma duele y lo hace porque es el resultado del estrés excesivo, ese que parece inabarcable e innombrable. Puede que pase una vez, puede que venga sucediendo hace 18, 43 o 527 años. Puede que algo traumático no se desarrolle en un trauma, puede que sí. Te puede pasar a vos, pero tal vez no a ella. Puede ser individual, puede ser social.

Cuando experimentamos una situación traumática, se activa un modo de respuesta ante el estrés que se conoce como ‘respuesta de lucha o huida’, que se caracteriza por el aumento de la presión sanguínea, las palpitaciones cardíacas, la transpiración y la pérdida de apetito.

El problema es que sus efectos persisten más allá de lo fisiológico, permitiendo el desarrollo de cuadros como síndrome de estrés post-traumático (PTSD), depresión, ansiedad e incluso problemáticas psicosociales -como afectar relaciones interpersonales- porque no vivimos en un vacío social. Es justamente lo opuesto: las probabilidades de desarrollar PTSD son más altas si lo traumático es realizado por una persona. Es por esto que se vuelve un fenómeno más complejo aún cuando pensamos que un trauma se pueda transmistir generacionalmente.

Un ejemplo bastante concreto es la mayor prevalencia a sufrir un trastorno de estrés post-traumático si sos hijx de alguien que vivió el Holocausto, en comparación de aquellxs hijxs de padres que no lo vivieron. Otra arista es que, en una población afroamericana de bajos recursos con presencia de violencia comunitaria y familiar, pareciera ser que la secuencia lógica es que el trauma maternal y la presencia de PTSD en la madre favorece el potencial de abuso infantil, y que este a su vez predice de manera significativa el desarrollo de PTSD en lxs niñxs.

Por algo también se habla de trauma social: difícilmente seamos lxs únicxs afectadxs. Un trauma hasta puede generar una crisis de significado en un colectivo. Es un fenómeno tan complejo que incluso la exposición mediática a ciertos tópicos que representan un trauma social pueden favorecer la aparición de síntomas típicos de un síndrome de estrés post-traumático. Pensemos en el rol que jugó Clarín en los momentos previos al golpe del ’76.

¿Qué connotaciones adquiere algo como la crisis del 2001 bajo esta óptica? ¿Qué características asume el sufrimiento del trauma sistematizado que vivieron y viven las poblaciones originarias? ¿Aumenta bajo esta luz la gravedad del genocidio trans lo suficiente para traspasar los límites del deseo de la mirada pública?

Reconocer la capacidad transgeneracional de un trauma no sólo destroza la pretensión individualista de aquellxs que bajo una bandera ‘apolítica’ pretenden destronar el poder de la historia, sino que pone en tensión los mismos límites de la existencia humana: el trauma sigue aún más allá del cuerpo. Pensemos en las locas de Plaza de Mayo.

¿Acaso esto llevará a un pasado siempre presente, ya no como memoria sino como eje pivotante actual y actuante? ¿La historia se transforma en un eterno retorno, un recordis traumático? Ciertamente no, porque no sólo sería renunciar a la posición de un cambio posible, sino que no se condice en lo concreto: puede haber resiliencia en aquellxs que viven un trauma de segunda generación. Por algo también se habla de crecimiento post-traumático y es que la consolidación de la memoria colectiva es un punto de anclaje para redefinirnos. Nos permite atravesar el trauma a través de la construcción de sentido en una identidad transgeneracional. Pensemos, de nuevo, en las locas de Plaza de Mayo y en cómo las redes que se construyen también nos atajan.

Es necesario recuperar la dimensión temporal del trauma, es necesario pensar en su historización para así sobrepasar la noción de que lo traumático se va cuando nosotrxs lo hacemos y así podamos empezar a construir una historia para lxs que todavía no llegaron. Una mejor que la que nos dejaron al menos.

Es necesario bajarla de los anaqueles de lo anecdótico y desatarla de la fijación histórica, para poder comprender que tal vez sus efectos calan más hondo de lo que pensamos y son más actuales de lo que deseamos. Puede que así dejemos un mundo mejor.


Las referencias a los estudios citados se encuentran como links en las frases azules.



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Martin García

Psicólogo en (de)formación. Especialista en cosas y doctor en casi todo. Adora hacer cálculos mentales y buscar patrones geométricos en las cosas. Realmente piensa que las palomas nos van a gobernar.
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