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¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo? ¿De género? ¿De patriarcado? Y ante esta realidad ¿Cuál es el lugar que debemos ocupar los varones? ¿Qué podemos hacer o debemos hacer?

Por Flavio Albelo, Profesor en Cs de la educación UNR, docente adscripto en la cátedra de pedagogía en el Instituto de Formación Docente N°16 para Enfant Terrible


El 2018 nos encontró presenciando debates sobre feminismos en lugares hasta ahora insospechados, desde noticieros en el prime time de TV, radios, periódicos y redes sociales, hasta en los negocios de los barrios y la mesa de los hogares. Tantos lugares insospechados que hasta en el Congreso de la Nación se vieron obligados a debatir sobre las demandas expuestas por el colectivo de mujeres.

Femicidio, aborto, género, patriarcado, machismo, masculinidades, palabras que se “colaron” en el vocabulario cotidiano de la sociedad. 
Eso que para muchxs fue una sorpresa y encuentran en “la moda” la única explicación para “esto” que estamos viviendo, para otrxs es en realidad el devenir de años de discusiones, organización y lucha de los colectivos feministas y  LGBTIQ+. Porque desde que aquellas primeras sufragistas europeas irrumpieran en la vida pública hasta que cientos de miles de mujeres (y también hombres) colmaran las calles del país gritando #ni una menos y #quesea ley pasaron muchos años, y lo último no podría entenderse sin lo primero.

Pero ¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo? ¿De género? ¿De patriarcado? Y ante esta realidad ¿Cuál es el lugar que debemos ocupar los varones? ¿Qué podemos hacer o debemos hacer?

Adelantando una posible respuesta a todos esos interrogantes diré que hablamos de luchas por el ejercicio del poder político y simbólico, hablamos de una larga historia de dominación. Y como toda dominación no es “natural” sino política y por tanto, repito, histórica.

Abdullah Öcalan[ no duda y sentencia que el patriarcado no ha existido siempre, apoyándose en diferentes descubrimientos arqueológicos se remonta al sistema Zagros-Taurus donde en la sociedad mesolítica y posteriormente la neolítica las relaciones sociales giraban en torno a la mujer, sosteniendo un orden completamente comunitario al que denomina “socialismo primitivo” que, sin implicar ninguna de las prácticas que impone el orden estatal, existió durante miles de años siendo una de sus principales características (así como una de las diferencias más marcadas con el patriarcado) la prohibición del matriarcado a la propiedad.

A través de un esquema de revolución/contra-revolución que toma del materialismo histórico denomina ruptura sexual a los puntos de inflexión de las relaciones de poder entre los sexos a través de la historia. La primera ruptura sexual Öcalan la presenta en sus primeros registros unos 2.000- 2300 años A.C. en región de Sumeria.

Según este autor: “Lo que fue usurpado en el proceso fue la propia mujer, sus hijos y familiares y toda su acumulación cultural, material y ética. Fue el saqueo de la economía inicial, la economía del hogar. La fuerza organizada del protosacerdote (chamán), el anciano con experiencia y el hombre fuerte se aliaron para formar el primer y más largo poder jerárquico patriarcal, el del gobierno santo.”(A.Öcalan, 2013)

De esta manera, la alianza entre el hombre adulto-fuerte, el anciano y el chamán forman un grupo privilegiado, un núcleo de poder difícil de resistir. En este núcleo, la inteligencia analítica desarrolló una narrativa mitológica extraordinaria para gobernar, y a través de ella cada aspecto de la cultura se convierte en una relación binaria entre masculino y femenino, dominante y dominado. Esta alianza, 4.500 años después, con cambios y restructuraciones (que podríamos llamar superficiales), sigue vigente y sigue siendo la base sobre la que se auto-legitima la dominación masculina, y si bien es imposible encontrar el origen de lo que definiremos como masculinidad, si es seguro que este origen no se halla muy lejos del mismo origen de la alianza.

Masculinidades hegemónicas y nuevas masculinidades

En cuanto a las masculinidades diremos que son configuraciones de la práctica estructuradas por las relaciones de género, coincidiendo con el planteo de Connell (2003), podemos también afirmar que son inherentemente históricas y se hacen y rehacen como un proceso político que afecta el equilibrio de la sociedad y de la dirección de los cambios sociales. Decir lo anterior es alejarnos de las posiciones biologicistas que naturalizan las diferencias sexuales encontrando en el sexo (repitiendo el esquema binario) la justificación de tal dominación.

Es en este sentido que cobra importancia el concepto de género y también se hace necesario definirlo, o al menos aproximarnos a una definición ya que el género es en sí mismo una complejidad cuya totalidad se posterga de manera permanente, nunca aparece completa en una determinada coyuntura de tiempo.

En el ya clásico “El género en disputa” Judith Blutler plantea que:“El género no debe considerarse una identidad estable o un sitio donde se funde la capacidad de acción y de donde surjan distintos actos, sino más bien como una identidad débilmente formada en el tiempo, instaurada en un espacio exterior mediante una reiteración estilizada de actos…este planteamiento aleja la concepción de genero de un modelo sustancial de la identidad y lo sitúa en un ámbito que exige una concepción del género como temporalidad social construida”(Butler, 2007)

Este idea de género es lo que permite entender que por ejemplo yo, un hombre, cisgénero, blanco, adulto, heterosexual pueda decir: “No me representan” y a la vez afirmar mi propia masculinidad evidenciando que no existe “la masculinidad” sino muchas masculinidades.

Pero decir esto no implica negar la existencia de una masculinidad hegemónica sobre la que se sostienen (y a la vez sostiene) las desigualdades en las relaciones sociales entre hombres y mujeres.

El concepto de hegemonía, tomado de Antonio Grarnsci, hace referencia a las dinámicas culturales por la cuales un determinado grupo exige y se sostiene en una posición de liderazgo en la estructura social. Se exalta (a través de diferentes mecanismos) una forma de masculinidad en detrimento de otras. La masculinidad hegemónica se puede definir como: “la configuración de práctica genérica que encarna la respuesta corrientementeaceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, la que garantiza (o setoma para garantizar) la posición dominante de los hombres y la subordinaciónde las mujeres.” (Connell, 2001).

En otras palabras, la Masculinidad hegemónica funciona como una estructura estructurada que se comporta como estructurante que nos dice qué es y cómo debe ser un hombre. Así un hombre debe cumplir con determinadas características que lo reafirman como hombre: ser activo, heterosexual, viril, tener voz de mando, destacar, no tener (o esconder) sentimientos, estas características son diametralmente opuestas a las características que desde la misma matriz se le adjudican a las mujeres.

Como podemos ver, existe un doble juego de dominación, uno que se da sobre los hombres condicionándolos a comportarse, actuar, y relacionarse  de terminada manera en pos de reproducir la masculinidad hegemónica y por medio de esta reproducir la dominación masculina sobre las mujeres.

Como dijimos es imposible hablar de la masculinidad como un todo homogéneo, inclusive dentro de la propia masculinidad hegemónica encontramos diferentes tipos masculinidades y dominaciones, Connell nos habla por ejemplo de una masculinidad cómplice describiéndola como al que incluye a los hombres que no pertenecen al grupo que ejerce efectivamente hegemonía, pero que se benefician de ventajas  del patriarcado a partir de la opresión de las mujeres. También nos presenta  la masculinidad marginal donde se incorpora otras variables diferentes a las sexuales que son condicionantes en cuanto la jerarquía: clase, raza y etnia marcan la posición dentro de las relaciones de poder entre masculinidades. Las masculinidades de hombres racializados/no blancos, no “occidentales” o de hombres de clases trabajadoras se ubican en una posición marginal en relación ala masculinidad hegemónica (Connell, 2015).

Sinembargo estas masculinidades siguen formando parte de la masculinidad hegemónica y reproduciendo sus intereses. Esta forma de dominación, donde los oprimidos toman como propias las verdades de los opresores, solo se puede comprender por medio de lo que Bourdieu define como el poder de la violencia simbólica: “Todo poder que logra imponer significaciones e imponerlas comolegítimas disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propiafuerza, añade su fuerza propia, es decir, propiamente simbólica, a esasrelaciones de fuerza” (Bourdieu y Passeron, 1977: 44)

La potencia del orden de las masculinidades hegemónicas se evidencia en que prescinde de cualquier tipo de justificación, la visión androcéntrica se impone como neutra y no necesita enunciarse en discursos capaces de legitimarla. Se construye el cuerpo como realidad sexuada, depositario de principios de visión y de división sexuantes apoyándose en las en su realidad biológica, así: “es el que construye la diferencia entre los sexos biológicos de acuerdo con los principios de una visión mítica del mundo arraigada en la relación arbitraria de dominación de los hombres sobre las mujeres, inscrita a su vez, junto con la división del traba-jo, en la realidad del orden social.” (Bourdieu,1996)

La diferencia biológica entre los sexos, aparece así como justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la dominación masculina sobre las mujeres.

Ahora bien, si los años de lucha (y de teoría –que también es otra forma de lucha-) de los colectivos feministas y colectivos LGBTIQ+ es cierto que no han logrado derrotar la dominación masculina, si lograron algo casi tan importante como ello: poner en evidencia la violencia simbólica.
Esta naturalización hoy ya no lo es tal, o al menos no tiene la fuerza que tuvo en otros momentos históricos, esto se debe a que ya no es tan invisible y la masculinidad hoy se ve obligada a buscar discursos capaces de legitimarla, y si bien sigue apoyándose en la diferencia sexual para ello, esto ya no ocurre deforma natural ni neutra y acude a la biología como ciencia (es decir como discurso) y a la religión (también como discurso) para que ratifiquen esa naturalidad.

Como vemos aparecen nuevamente los miembros de aquella primera alianza que fundara el patriarcado: el chaman (la religión), los viejos portadores del saber (la ciencia) aportando desde lo simbólico y el hombre fuerte resistiendo desde otro lugar en donde el simbolismo surge del uso de la fuerza,  no es casual que frente a la posibilidad deque se modifiquen las relaciones de fuerzas entre hombres y mujeres aumente considerablemente el número de femicidios.[3]

Y es en estas resistencias donde podemos encontrar esperanzas: las resistencias visibles implican grietas en la estructura de dominación masculina. El desafío ahora es poder articular a partir de la práctica (porque si espero que algo quedara claro es que la dominación se da en la práctica y se apoya en las prácticas cotidianas que la refuerzan) y la solidaridad estrategias que permitan en el tiempo la extinción de la dominación masculina.

Estas reticencias son también la oportunidad para los hombres que no compartimos la masculinidad hegemónica de consolidar otras masculinidades, de romper con la lógica basada en la binaridad de género y encontrar la agencia que nos permita fundar nuevas formas de relacionarnos socialmente en condiciones de igualdad entre todxs.


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Redacción Enfant Terrible

Somos el equipo de redacción de Enfant Terrible: el resultado de millones de años de evolución aglutinados en este irreverente existir.
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