¿Qué tiene de nuevo la derecha neoliberal?

La irrupción y el triunfo electoral de la fórmula encabezada por Javier Milei es objeto de debate en todos los ámbitos políticos, académicos y sociales. Sin embargo y más allá del alarmismo me pregunto ¿Qué tiene de nuevo la derecha neoliberal? Es necesario transparentar el tipo de influencia que la aparición electoral de los espacios libertarios genera en el campo de la política y, sobre todo, su capacidad diferida de reconfigurar las reglas del debate público.

Por Redacción Enfant Terrible |

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Por  Roberto Chuit Roganovich  para Enfant Terrible

En el libro ¿La rebeldía se volvió de derecha?, Pablo Stefanoni insiste en que en las últimas décadas la izquierda ha perdido la imagen de desobediencia y transgresión que antes la identificaba. Este diagnóstico invitaría a pensar que nuestra izquierda y centro-izquierda (desde el trotskysmo a la llamada Nueva Izquierda, desde los movimientos populares a diversas organizaciones de base) han perdido el monopolio sobre el enojo, y que el terreno cedido ha sido cooptado por un nuevo conjunto de discursos “antisistema”.

Lo nuevo, sin embargo, no es el enojo, sino más bien la forma de trabajar con él como activo político. Lo nuevo no es el enojo sino la capacidad renovada por parte de las derechas alternativas de gestionarlo y organizarlo. En este nuevo panorama, la derecha libertaria parece despegarse de su pasado próximo y ofrecer ciertas novedades.

En un primer momento, el rasgo de novedad apuntaría a la capacidad de articular y homologar descontentos que en otro momento podrían haberse mostrado desligados. A diferencia de otras expresiones aisladas de la derecha conservadora, que emergen como respuesta a problemas específicos de la política nacional y que luego se evaporan frente al más mínimo cambio de agenda, (Cynthia Hotton vs. la “horda abortera”) la derecha libertaria parecería abordar de forma simultánea y sintética temáticas de acuciante conflictividad social.

Javier Milei, como ningún otro, habla "de lo que hay que hablar": economía, inestabilidad laboral y cambiaria, aumento de la pobreza, pérdida de poder adquisitivo, imposibilidad en las franjas etarias más jóvenes de imaginar una adultez próspera, entre otras cosas.

La operatividad discursiva de Milei, sin embargo, no refiere únicamente a los temas que aborda sino también al modo en cómo decide tratarlos; así, a su capacidad de homologar descontentos se le suma la destreza de construirle adversarios comunes: la ineficiencia del Estado como forma organizativa y la malevolencia intrínseca de la “casta política”. 

En un segundo momento, el rasgo de novedad radicaría en la capacidad del libertarianismo criollo de sobre-unificar ideológicamente estos descontentos bajo programas de acción sin duda incendiarios, pero todavía claros y contundentes. Esta forma revitalizada del “que se vayan todos”, ya no montada en moralismos abstractos sino en la promesa de soluciones y reformas estructurales, se presenta a sí misma en condiciones de hacerse cargo de la situación. Su preparación, a diferencia de otras expresiones de la derecha nacional, ya no es estrictamente ética o axiológica, sino tecnocrática.

El libertarianismo parece haber ingresado al debate público con sus propias patentes de nobleza y su propia historia ideológica: como no hemos visto en mucho tiempo, sus voceros han logrado sembrar la doxa de nombres propios (Von Hayek, Von Mises) y de principios teóricos y programáticos fundados en escuelas económicas cuyas propuestas ya habrían demostrado su valía en otras partes del globo. Esta adscripción a tradiciones económicas y políticas históricas permiten que la plataforma electoral del libertarianismo (reducción drástica del gasto público, reforma tributaria, flexibilización de las leyes laborales, eliminación de la capacidad de “extorsión” de los sindicatos) se presente no como un capricho principista sino como el producto de sesudas tareas de investigación científica dura.

Es un hecho que las nuevas derechas interpelan hoy inquietudes y preocupaciones reales. Será tarea de los balances dirimir si su caudal electoral en las últimas PASO es producto de una “derechización” de la opinión pública, o si es producto, con mucha más probabilidad, de un voto castigo por la gestión hasta ahora a trompicones del Frente de Todos. A pesar de esto, es innegable que el liberalismo austro-argentino se ha convertido en un actor político de relevancia. En primera instancia, porque ha logrado invertir la sospecha espontánea de que la crítica al establishment y al mundo capitalista tal como lo conocemos solo puede proceder de movimientos populares masivos o de izquierda, a la vez que ha conseguido diseñar un programa de acción partidario con destacables niveles de pregnancia. En segunda instancia, porque el conjunto de sus intervenciones parece tener eco no solo en parte del electorado sino también en el sistema político mismo.

Lejos de augurar una crisis de representación inminente, y lejos también de todo alarmismo, es necesario transparentar el tipo de influencia que la aparición electoral de los espacios libertarios genera en el campo de la política y, sobre todo, su capacidad diferida de reconfigurar las reglas del debate público.

Las internas de Juntos por el Cambio son sintomáticas de este corrimiento. Mientras Rodríguez Larreta allana con perfil bajo el camino de su carrera presidencial, Patricia Bullrich, cabeza del ala dura (y cuyo candidato en Córdoba se impuso por sobre el macrista), no duda en abrazar y felicitar en cámara a Milei, haciendo guiños a votantes todavía no del todo convencidos y sin dejar de traccionar su espacio a posiciones cada vez más conservadoras. Macri también tendió una soga el día después de las PASO, declarándose liberal de la primera hora y celebrando el aterrizaje de miradas innovadoras.

El Frente de Todos también abrió fuego amigo después del domingo. Mientras algunos aceptan que la gotera electoral se ha producido por una gestión económica poco satisfactoria (incremento de la pobreza, caída del salario real, aumento de precios), hay quienes han arriesgado diversos diagnósticos. El corrimiento discursivo propuesto por la derecha liberal —que no habla de otra cosa que no sea la ineficacia del aparato del Estado—, parece haber hecho mella en aquellos que, en lecturas sobre-ideologizadas de la política argentina, se han volcado a una caza de culpables: de un lado, los culpables exógenos, entre quienes se encuentran los “malos votantes” de la Argentina profunda, el pueblo “sin memoria” —reactualización en loop de la altanería ilustrada del puerto y las grandes urbes—, y los medios de comunicación masivos que no han dubitado en darle aire a expresiones de odio y radicalización derechista; del otro lado, los culpables al interior mismo del Frente, y en específico, aquellas facciones “progresistas” (mote que de un tiempo a esta parte parece ser mala palabra), que parecen haber logrado someter los programas de interés nacional a las agendas de las minorías.

En un caso y en otro, y por fuera de los resultados electorales, la mayor victoria de la derecha liberal parece ser no la derechización del electorado sino la derechización de ciertos espacios de debate. En un campo discursivo minado de conceptos como la “inviabilidad”, el “parasitismo estatal”, el “empleo improductivo” y la “caducidad del sistema estatal de reparto”, el error radicaría en hacer de la experiencia libertaria un mero pulso anti-política latente y no una posibilidad real de re-configuración de los paradigmas de debate. Puede que, de aquí en más, no sea la tan mentada grieta la responsable única del trazado de los límites discursivos y programáticos. Sin alarmismos: está por verse.

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