Guillermo Almeyra (1928-2019) es una figura de una enorme relevancia para las nuevas generaciones de activistas políticos y sociales en Argentina, en toda Latinoamérica y en el mundo, aunque muchos jóvenes no hayan podido conocerlo. Una experiencia internacionalista de casi 80 años, involucrándose prácticamente y teóricamente con movimientos sociales contestatarios de todo el mundo, es algo excepcional y no debería pasar inadvertida.

Por Lucas Malaspina para Intersecciones

La vida de Guillermo es en sí misma un combate programático: construyó con sus armas y bagajes, desde donde estuvo, en base al programa de la revolución social, con el sentido dinámico y vivo de quien abraza una causa y se propone llevarla adelante, sin obviar el cambio y la reformulación en múltiples dimensiones. Esto le dio una condición de «cane sciolto» (perro suelto o sin patrón) como el mismo se definió, e hizo más urgente la preparación de este incompleto dossier. La herencia combatiente que nos deja contra la opresión imperialista y capitalista, se inscribe en el «marxismo ecosocialista revolucionario», buscando recuperar las tradiciones políticas más avanzadas de los explotados,y tratando de salvarla de la tragedia de los aparatismos oportunistas y sectarios, de la que Guillermo fue crítico y auto-crítico.

Guillermo inició su trayectoria en 1941 en el Partido Socialista argentino: estaba entonces preocupado por aportar a la lucha contra los países del Eje dirigidos por la Alemania de Hitler, por defender las libertades democráticas y acercarse a los obreros. Al calor del 17 de octubre de 1945, comprendió que la posición del PS (y también la del Partido Comunista) colocaba a la izquierda en oposición a los intereses de los trabajadores. Buscó desarrollar una izquierda revolucionaria, antiimperialista, que no tuviera ningún tipo de identificación con los «gorilas»: eso representaba el trotskismo (en la corriente que dirigía J. Posadas, de la cual fue dirigente muchos años).


Para participar de la organización de los trabajadores, se proletarizó y fue aceitero, metalúrgico, textil, trabajador de la construcción y aprendiz joyero. Los obreros peronistas de Bycla, una de las varias donde fue delegado (como en SIAM Di Tella), lo identificaban genialmente como «un comunista que no es como los demás comunistas». Fue significativo el aporte su aporte y el de su corriente política en la resistencia contra el golpe «gorila» de 1955, formando parte de las discusiones de activistas obreros en Córdoba, codo con codo junto a Agustín Tosco y Atilio López. Parte de ese proceso político quedará inmortalizado en los programas de Huerta Grande (1957, CGT Córdoba) y La Falda (1962, 62 organizaciones), donde los obreros formularon con una radicalidad sintomática sus aspiraciones políticas tras la huida de Perón.

Almeyra llegó a construir organizaciones, desarrollar trabajo político y construir revistas militantes en más de seis naciones: Argentina, Brasil, Perú, Italia, ¡Yemen!, Francia y México. Puede reconstruirse su vida en su último libro, titulado «Militante crítico: una vida de lucha sin concesiones». En México, donde se exilió y vivió gran parte de su vida, se hizo carne y uña con la lucha de los explotados, trabajando como catedrático en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), involucrándose en los movimientos sociales y discutiendo cotidianamente a través de sus intervenciones periodísticas, en Unomásuno y luego en La Jornada.

El producto de su trabajo intelectual está en decenas de libros, no todos traducidos al castellano, como «Polonia, obreros, burócratas, socialismo» (1981), «Che, el pensamiento rebelde» (1997), «La protesta social en Argentina» (2004). Otro gran capítulo son las publicaciones de altísima calidad que impulsó junto a otros compañeros como «Boletines marxistas» (donde selló su balance de la experiencia en el trotskismo «posadista», del cual fue expulsado en 1974), la revista «Coyoacán» (ambas lamentablemente sin digitalizar) y «Cuadernos del Sur». La búsqueda por reconstruir su pensamiento es parte de un complejo rompecabezas que posiblemente nunca se concluirá, pero que en la medida de lo que sea posible recuperar, siempre otorgará herramientas para pensar el socialismo, la revolución, el Estado, autoorganización, las herramientas políticas emancipadoras, las luchas anticoloniales de Latinoamérica, África y Asia, la cuestión agraria, etc.

Desde la Revista Intersecciones hacemos este pequeño homenaje para impulsar esa búsqueda por recuperar el legado político de Guillermo Almeyra, a través de las palabras de Eduardo Lucita, Mabel Thwaites Rey y Agustín Santella (quienes lo conocieron y compartieron con él algunas etapas de su actividad). Rescatamos asimismo, dos textos de Guillermo vinculados a la experiencia soviética: uno de 1990, ante la caída de la URSS, y otro de 2017, ante los 100 años de la revolución. Y completamos con unas apasionadas observaciones de Olmedo Beluche sobre su autobiografía. Creemos que sin recuperar la herencia de gente como Guillermo estaremos ciegos y sordos. Una juventud puramente presentista, que cree que lo inventó todo y sólo se acuerda de los que la precedieron para las conmemoraciones, es una juventud sin futuro, condenada a repetir los viejos errores. Mucho falta por hacer para que podamos aprovechar positivamente la lucha de quienes nos antecedieron. Aquí va nuestro pequeño granito de arena.

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Redacción Enfant Terrible

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