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El electorado del ultraconservador Jair Bolsonaro está compuesto por un merengue de cristianos evangélicos, ricos, blancos y xenófobos que, con un discurso eficaz y exitista, captaron a los sectores de la sociedad más pobres.

Por Sofía Jalil para Enfant Terrible

Antes de ahondar en el electorado de Jair Bolsonaro y el ballotage de el próximo domingo, es necesario rescatar una lección que tuvimos a comienzos de este año en Costa Rica. Allí, un pastor y cantante evangélico – Fabricio Alvarado- llegó a disputar la segunda vuelta contra el candidato oficialista y progresista, Carlos Alvarado.

El fuego que encendió el voto conservador entre lxs costarricensxs fue el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a favor del matrimonio igualitario y la identidad de género que tuvo el aval del gobierno nacional. Esto hizo saltar, a un mes de las elecciones, del 3% al 17% en intención de voto al salmista y representante del conservadurismo costarricense. Los dos Alvarado llegaron al ballotage.

No obstante, tras la segunda vuelta el 1 de abril del 2018, Carlos Alvarado mandó de vuelta al púlpito al salmista-pastor con un triunfo arrasador del 60,79 por ciento de los votos. Las elecciones dejaron un amargo sabor de alerta entre lxs costarricensxs y una especie de lección de cómo las fuerzas conservadoras cautivan al electorado.

El discurso que utilizaron durante la campaña giró en torno al rechazo en la ampliación de derechos a las disidencias sexuales y la ponderación de la familia heteronormada, cristiana y blanca.

En Brasil, las iglesias pentecostales supieron capitalizar sus intereses a través de Jair Bolsonaro quien ante millares de personas en Río de Janeiro este año sedujo diciendo: “Yo no entiendo de economía. Pero hay un pasaje de la Biblia que dice que Dios no llama a los capacitados ¡Capacita a los elegidos!”. Las masas apabullaron con aplausos.

En caso de ganar Bolsonaro, Brasil aplicará un modelo económico de ajuste y pérdida de derechos entre trabajadorxs.
El mando económico estará a cargo de Paulo Guedes, de corte ultraliberal.

En la previa, el actual presidente Michel Temer, le allanó el camino para el control social y por decreto creó la semana pasada una “fuerza de tareas de inteligencia” que reúne a todas las policías, las tres fuerzas armadas y a los agentes civiles.
(Ver: Temer prepara la mano dura de Bolsonaro, Página 12, 21-10-2018)

Volviendo al caso de Costa Rica, donde los pentecostales-evangélicos-conservadores, no pudieron hacerse con el poder, en Brasil la situación es distinta. Lxs electorxs religiosos apoyan masivamente la candidatura de Bolsonaro ya que en él encontraron la desfachatez de ser públicamente impune.

Es sabido que Bolsonaro encarna el rechazo a la ampliación de derechos de las mujeres y disidencias, minorías, afrodescendientes y todo lo que el Partido de los Trabajadores hizo en torno a la igualdad en cuanto a la calidad de vida entre las personas. En la primera vuelta, donde cosechó el 40,26% de los votos contra la formula de Lula -Fernando Haddad y Manuela D’Avila-, el principal caudal de votos para el ultraconservador provino de ciudades blancas y ricas.

Según el diario El País, Bolsonaro fue el más votado en el 95% de los municipios ricos (rentas superiores a los 350 reales por mes, $3500 pesos argentinos), mientras que Haddad se impuso en nueve de cada 10 municipios pobres (rentas inferiores a los 200 reales, 2.022 pesos argentinos).

Siguiendo con el informe del diario español publicado el pasado 25 de octubre, en la sureña ciudad de Nueva Hamburgo, donde el 90% de las personas son de origen alemán, “Bolsonaro logró el 63% de los votos y Haddad apenas el 14%”.

Las elecciones en Brasil dan cuenta de cuán lejos está la población para vivir plenamente en integración y respeto de derechos universales a raíz de diferencias clasistas y étnicas. Lo curioso radica en el condimento extra, la religión pentecostal que es abrazada masivamente por lxs más pobres quienes confunden progreso social fruto de políticas de estado con bendición divina del dios barbado.

El discurso eficaz

A falta de educación política, el discurso de salvación es el favorito. A modo de ejemplo, la ministra de Desarrollo Social y Combate al Hambre de Brasil, Tereza Campello, informó que en 2014 la extrema pobreza cayó el 89%.
Una de las principales acciones de gobierno que lo posibilitó fue la Bolsa Familia, acción implementada por el gobierno de Lula y continuada por el de Dilma Rousseff, que benefició -en 2014, dato citado- a 50 millones de habitantes.

Antes de ser sacada de su mandato, Dilma le pidió a la ministra Campello que realice una encuesta para conocer la percepción de las mujeres que participaban del programa Bolsa Familia. Más del 90 por ciento afirmó que su vida había cambiado para mejor y de ese total, más del 80 por ciento dijo que fue “gracias a Dios”.

A carencia material, la elevación espiritual es la mejor manera para escupir al sistema. Lo peligroso es que este tipo de discursos tienen una doble entrada. Por una parte, son proclamas de las buenas nuevas, de la salvación eterna en un paraíso no terrenal –olvidando todo lo que sucede acá-.
Son discursos antisistema capitalista: trabajar duro acá, la bendición está en el reino de los cielos, trabajar duro acá, el diezmo y las ofrendas son para las iglesias, para cultivar el reino de los cielos acá en la tierra.

Mientras que por otra parte, después de la seducción antisistema, llega la bajada de línea, el rechazo a todo lo que no sea blanco, rico y heteronormado de formas radicales y violentas que hacen temblar el piso y pensar que la apocalíptica historia de Margaret Atwood (El cuento de la criada) tiene demasiados elementos de nuestra realidad.

Lo curioso de estas elecciones radica en el frágil instante que las víctimas confunden al victimario como unx de ellxs y le dejan entrar a sus vidas a través de la política, vía democracia con fake news.

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Redacción Enfant Terrible

Somos el equipo de redacción de Enfant Terrible: el resultado de millones de años de evolución aglutinados en este irreverente existir.
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